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No... por Marbius CAP.11 epílogo

… Te atrevas a decir No… [Epílogo]




Niña. Bultito era una niña. Y por lo que Tom recordaba, la más bella jamás antes vista por sus ojos; fangirls y groupies incluidas.
—Vamos, Tomi, no seas pesado. Sabes muy bien que no te puedes poner en pie o tus puntadas se abrirán como calceta vieja —intentó razonar Bill con su gemelo para que no se pusiera en pie; argumentos que no funcionaban en lo mínimo. Terco como él solo, Tom ya se estaba apartando las mantas de encima y luchando contra su gemelo para que lo dejara en paz—. Si tus intestinos terminan en el suelo, no va a ser mi culpa.
—Lo que tú digas —respondió Tom entre dientes, tratando de controlar el dolor de la reciente cesárea que había sufrido para así no terminar llorando como una nena.
—No, quédate en cama —empujó Bill a su gemelo por los hombros tratando así de mantenerlo en cama—. Sandra te va a arrancar la cabeza si te atreves a moverte de aquí, Tom. Ya eres un adulto, actúa como tal; tienes una hija, ¿acaso quieres hacer algo que la perjudique a ella?
El mayor de los gemelos soltó un bufido. —¡Bien! Me quedo en cama, pero quiero verla.
Bill exhaló un suspiro. —Tom… Ya hablamos de eso. Aún no se puede. Tienes que ser paciente.
—¡Soy paciente! —Exclamó el mayor de los gemelos.
Bill se presionó el tabique nasal. —Un poco más, ¿sí? Por mí y por tu hija, antes de que me des una migraña o te tengan que volver coser de emergencia, por favor.
Tom no respondió nada ni verbal ni físicamente. En una posición semi recostada, se dejó arropar de vuelta y permaneció en pétreo silencio y carencia de expresiones mientras su gemelo se ocupaba de acomodarlo de vuelta en la cama del hospital donde ya tenía un día completo de hospitalización.
Después de la cirugía, Tom había dormido casi medio día, ya fuera por el estrés de su cuerpo o por el efecto de los fuertes medicamentos que se le habían administrado; la combinación podría ser también entre ambos factores. Así que había sido uno de los últimos en enterarse del sexo de Bultito.
La bebé, una preciosura que él recordaba haber visto antes de desmayarse, estaba desde entonces en la sala de las incubadoras por sugerencia de Sandra, quien antes de darla de alta a ella y a Tom, quería realizarles exámenes a ambos de cualquier anomalía que pudieran padecer.
Al mayor de los gemelos le importaba un pepino si su hija se encontraba en la sala de enseguida o al otro lado del mundo; él quería verla a la voz de ya. Instantáneamente y sin más esperas. Si para ello era necesario distraer a Bill y escabullirse con cuidado en cualquier oportunidad que encontrara, eso iba a hacer.
—Sé lo que estás pensando, Tom —interrumpió la voz de Bill los pensamientos de su gemelo y éste se estremeció al darse cuenta de lo fácil que era descifrarlo—, y lo mejor es que lo olvides. Si Sandra cree necesario que nuestra hija esté en la incubadora un par de horas o un mes, así será.
El labio inferior de Tom comenzó a temblar. —Pero quiero verla…
—Y la vas a ver —se sentó Bill al lado de su gemelo—, sólo no ahora mismo.
—Quizá eso pueda cambiar —entró Sandra a través de las puertas de cristal corredizo que sólo existían en la sala de maternidad. Detrás de ella venía una diminuta enfermera que Tom reconoció como la chica que había estado en su parto; ésta llevaba en brazos un pequeño bulto envuelto en una mantita rosa. El corazón le latió con fuerza—. ¿Adivinan quién viene de visita?
—¿Tan pronto? —Se sorprendió Bill—. Y yo que ya estaba planeando comprar sogas para tener a Tom amarrado a la cama.
La enfermera se sonrojó con incomodidad. Dándose cuenta de cómo sonaba aquello, Bill se atragantó con su propia saliva.
—La buena noticia, es que la bebé está completa y totalmente sana. Los análisis no revelaron ninguna anormalidad, lo mismo que las pruebas físicas. Claro que aún es muy pronto para estar seguros al ciento por ciento, pero debo decir que nunca había conocido a una criatura tan sana y hermosa a la vez —dijo con alegría al tomar a la bebé de brazos de la enfermera e indicarle que se podía retirar.
—¿Puedo…? —extendió Tom las manos con anhelo hacía Sandra al ver que se acercaba a su cama—. El idiota de Bill no me dejaba ponerme de pie para ir a buscarla.
—Con justa razón —le dio la médica la razón a un muy ufano Bill—. Esos puntos que llevas no son moretones, son auténticos cortes. Un esfuerzo más allá del necesario y tu piel podría desgarrarse con facilidad, ¿entiendes eso? Tu hija te necesita en pie lo más pronto posible y no será así si tengo que volver a llevarte al quirófano para que te engrapen de vuelta, Tom. Espero haber sido clara.
El mayor de los gemelos asintió con solemnidad, de pronto avergonzado de su terquedad anterior. Tenía que reconocer lo idiota que se había comportado queriendo ir a buscar a su hija si apenas podía ver derecho con las drogas que llevaba en el cuerpo; los medicamentos que aún corrían por su sistema tratando de mitigar su dolor post operatorio aún eran fuertes. Abogaba al menos a su favor que la emoción maternal o paternal, daba lo mismo, que las hormonas llevaban por su torrente sanguíneo, eran más fuertes que cualquier razón médica certificada. Su corazón palpitaba por su antes Bultito, ahora una simple bebé sin nombre a la que amaba como a la vida misma.
—Ten, con cuidado —le tendió Sandra a la bebé. Ayudando a su gemelo, Bill lo acomodó en una mejor postura, usando para ello varias almohadas.
Cuando Tom al fin tuvo a la bebé en brazos y sintió el calor que emanaba a través de la manta que la cubría, comenzó a lloriquear.
—Estúpidas hormonas —masculló, acercando a su hija contra su pecho.
—¿Seguro que no son las puntadas? —Inquirió Sandra con profesionalismo—. Pueden ser dolorosas al menos por un par de días. Una vez las retiremos, apenas te acordarás de ellas.
—Uhm, hasta que se mire al espejo y grite: “Oh, mi figura de 90-60-90” —dijo Bill con sorna.
—Shhh, arruinan un primer momento de madre de hija —gruñó Tom al colocarse a la bebé sobre el regazo y examinarle la carita. Por ser verano, la niña iba vestida con ligereza de prendas, apenas un conjunto de pantalón y blusa corta—. Es rubia, tal como lo recuerdo… —Murmuró acariciándole un mechón de cabello que era corto y sin embargo se alborotaba—. Y tiene una carita hermosa —se enjugó uno de los ojos—. Es la bebé más hermosa que he visto jamás.
—La única que has visto, creo yo —murmuró Sandra por lo bajo—. Agradece no haberla tenido por parto natural, o no te parecería tan linda. Una paciente, hará cinco o seis años, nos exigió devolver a su primogénito a las incubadoras hasta que se viera tan hermoso como ella quería que fuera.
—Loca mujer —tarareó Tom, maravillado de cómo la bebé le tomaba un dedo con su manita y apretaba en el más imperceptible de los movimientos—. Va a ser luchadora profesional.
—Espera veas sus pañales —bromeó Bill con acritud—, entonces dirás que va a ser elefante o algo parecido. No me creo que sólo esté tomando biberones.
—Eso sólo implica que tiene la fabulosa digestión de los Kaulitz —replicó Tom desdeñoso—. Quizá sea modelo. Es tan hermosa… Y no lo digo sólo porque es mi hija, eh —agregó apartando los ojos de la bebé por un segundo—, sino porque es la niña más bella del mundo, ¿qué digo del mundo?, ¡del jodido universo entero! El que me diga lo contrario, no sabe apreciar lo bello de la vida.
—Bien, bien, creo que a alguien ya le dio la crisis maternal —rodó Bill los ojos.
—¿Cuándo nos vamos a poder ir a casa? —Preguntó Tom a Sandra.
—A partir de pasado mañana es una buena idea. Volverás en cinco días para que te retiremos los puntos y de ahí en adelante, espero no tener que volver a verte como médico-paciente.
—¿Ya no vamos a volver? —Preguntaron los gemelos al mismo tiempo.
—No más embarazo, no más visitas a Sandra, su médica ginecóloga y obstetra, ¿comprenden? —Les explicó Sandra—. ¿O es que planean tener otro bebé pronto?
Tom y Bill intercambiaron una breve mirada de terror.
—Pronto no —se apresuró el mayor de los gemelos al hablar—. Pero quizá…
—En un par de años…
—Si es que todo funciona con Bultito…
—Y si Tom se vuelve a emborrachar… ¡Auch! —Chilló Bill cuando su gemelo le dio un pellizco—. No era necesaria tanta violencia.
—En vista de que tú también tienes un ovario, creo que el próximo hermanito de Bultito lo tendrás tú. Algo así como para nivelar la situación, ¿no crees? —Fulminó Tom a su gemelo con unos ojos que tenían más de metralleta que de órganos oculares. Los nueve meses que él había padecido, quería que Bill los sufriera en carne propia—. ¿Entendido?
Sandra carraspeó. —Temo decir que eso será imposible. —Viendo que ambos gemelos abrían grandes los ojos, se explicó—. Al principio de tu embarazo —se dirigió a Tom—, cuando te examiné a ti y a Bill, exacto, descubrí que cada uno contaba con un ovario y una cavidad parecida a un útero que podría anidar a un bebé en caso de ser necesario, pero…
—¿Pero? —Quiso saber Bill. Tomando una de las manos de su gemelo, comprendió que no era el único que estaba asustado.
—Pero mientras que el ovario de Tom funciona como el de cualquier mujer y libera óvulos con regularidad, el tuyo presentó manchas oscuras, lo que me hace suponer que es imposible para ti el quedar embarazado.
Bill se mordisqueó el labio inferior. —Supongo que era algo que tenía que ocurrir…
Tom adivinó al instante la tristeza en Bill. —Hey, no tienes porqué tomarlo a mal. Es bueno que no puedas tener hijos, después de todo eres hombre.
El menor de los gemelos se sorbió la nariz. —Es muy fácil para ti decirlo, porque tú sí puedes y aparentemente no quieres nunca más.
Tom subió ambas cejas en desconcierto. ¿Hacía dónde iba aquella discusión tonta? Si Bill no podía tener hijos del mismo modo en qué Tom, ¿cuál era el problema? De pronto Tom lo supo.
—¿Es porque crees que ya no tendremos más hijos si yo me niego a llevarlos en mi vientre? —Bill asintió—. Idiota, claro que tendremos más. No hoy, ni mañana. Dudo mucho que el próximo año, pero te prometo que Bultito tendrá al menos un hermano con el que podrá jugar.
—¿Lo prometes? —Apretó Bill la mano con la que sujetaba a su gemelo.
—Lo juro —respondió Tom.

Diez días después, y Tom estaba de vuelta en casa, bebé en mano y con Bill resoplando detrás de él, tratando de bajar del automóvil la pila de regalos y demás parafernalia que habían recibido de amigos y familiares con cada visita que les hacían en el hospital.
—Voy a recostar a la bebé y bajo a ayudarte —dijo Tom abriendo la puerta de su hogar.
—Nada de eso —resopló Bill con una maleta en mano, un par de arreglos florales en un brazo y balanceando objetos varios con el otro libre—. Sube y recuéstate. No creas que vi cómo venías cabeceando de sueño en el camino. Cuando suba, quiero verte en pijamas.
Tom no se hizo de rogar al bostezar con fuerza. Abrazando a Bultito más cerca de su cuerpo y acomodándose la maleta donde cargaba los enseres del bebé más cómodamente en el hombro, emprendió el camino cuesta arriba hasta su habitación.
Ahora que ya no llevaba consigo el doble de su peso en agua y un bebé, comprobó con gusto que podía subir los escalones sin perder el aliento o sentir que en cualquier momento se caería de bruces. Aún no quería intentar subir las tablas de dos en dos, no con la bebé en brazos y durmiendo pacíficamente al menos, pero lo haría a la menor oportunidad.
—Aquí estamos, cariño —le susurró por encima de la cabecita cubierta con un gorro blanco que Gustav le había llevado como primera visita y que llevaba bordado en letras rosas ‘Bultito’, pues era así como todos le seguían conociendo al no tener aún un nombre.
Abriendo la puerta de la habitación que era el cuarto principal, el suyo y el de Bill, Tom experimentó un cierto resquemor al recordar que él y su gemelo habían acordado que la bebé dormiría en su propia habitación desde el primer día, porque no querían hacer la separación más difícil desde un principio.
—A papi no le molestará, ¿eh? —Dejó caer la maleta del bebé a los pies de una pequeña mesa de noche que decoraba la entrada y sacándose los zapatos en movimientos simples. Descalzo, avanzó por el alfombrado suelo hasta estar en la cama. Depositando a la bebé en el centro, procedió a estirar los brazos por encima de su cabeza hasta que escuchó los huesos de la espalda crujir—. No pareces tan pesada —le dijo a su hija con un leve tono de reproche, no que en verdad la sintiera.
La bebé pareció sentir el cambio de temperatura, pues empezó a moverse dentro de las mantas que la cubrían y a lloriquear débilmente.
—Oh, ¿hambre o un cambio de pañal? —Se inclinó Tom sobre su hija, consternado de que por primera vez en la semana y media que tenía su bebé fuera de su vientre, no tendría a nadie que le ayudara a él o a Bill con el cuidado de Bultito.
El mayor de los gemelos no tenía cómo estar agradecido con sus familiares y amigos, todos dispuestos no sólo a visitarlo en el hospital y estar pendientes de él y de Bill, sino que además le habían enseñado lo básico en la crianza de su bebé. Era por eso que ahora sabía cambiar pañales y preparar la fórmula para sus biberones, pero incluso así se sentía ineficiente e inadecuado para cuidar lo que él creía, era el tesoro más grande que alguna vez pudiera ser suyo.
—Ven acá —tomó a la bebé en brazos, quien al instante disminuyó su llanto—, ¿quieres dormir aquí con mami y papi, es eso?
—Nada de dormir con mami y papi —resopló Bill al entrar a la habitación—. Dijimos que iba a dormir en su cuna y así será.
—Podemos traer su cuna a nuestra habitación —abrazó Tom más de cerca de su hija—. Mejor dicho, tú puedes. Ay, mis puntos —fingió dolor como venía haciendo desde días atrás.
—Ya no me lo creo, Tom —rodó Bill los ojos—. Y no, la nena no va a dormir con nosotros. Dijimos que lo iba a hacer en su propia habitación y así será. —Se cruzó de brazos.
El mayor de los gemelos hizo un puchero. —No es seguro que duerma sola. Es taaan pequeña —exageró el sonido y batió pestañas—. Cualquier cosa puede sucederla si no la cuidamos.
—Para eso tenemos las radios en ambos cuartos, Tom —no cedió Bill—. Si llora, la escucharemos desde cualquier habitación. Demonios, escucharemos cualquier cosa.
—¡No! —Se abrazó Tom a la bebé—. No está segura ella sola en su habitación. ¿Qué tal si algún ladrón entra por la ventana ¿Y si hay un incendio o una inundación? ¡Los aliens pueden llegar a la tierra y llevársela!
Bill rió entre dientes. —¿Sabes que eso es imposible, verdad? —Pasó de largo de la sonrisa de autosuficiencia que su gemelo llevaba en la cara—. Bien, dormirá con nosotros, pero no será para siempre.
—Claro que no será por siempre, no seas tonto —dio Tom unos golpecitos en la cama como una clara invitación a su gemelo para que se acostara a su lado—. Sólo hasta el día de su boda.
Tendido de espaldas, Bill suspiró. —Ay Diox mío…

—¿Tan pronto? —Tom intercambió una mirada con su gemelo—. Díselo, Bill, que está loco y es demasiado pronto como para dejar caer una bomba como ésa en los medios.
Por desgracia para él, ni Bill lo pensaba, y Jost no parecía dispuesto a ceder ni un centímetro.
—Han sido casi los nueve meses que ni las fans ni la prensa han recibido noticias. El disco está por salir y la publicidad, cualquier publicidad, siempre es buena —intentó Jost hacer que Tom entrara en razón—. Lo admito, podría ser demasiado muy pronto, pero juega a nuestro favor.
Tom denegó con la cabeza. —Me niego.
Jost debía estar loco por pretender dar noticia a los medios del nacimiento de Bultito. El mayor de los gemelos tenía ganas de gritarlo, de asegurarle a su manager que tenía que estar totalmente idiota como para creer que él iba a permitir que la noticia se colara tan pronto en los periódicos y revistas que circulaban por toda Alemania.
Él era consciente de que el secreto no permanecería como tal por mucho tiempo. También de que entre más rápido saliera a la luz, menores serían los daños a minimizar, pero la simple idea de ceder una fotografía o la entrevista necesaria, le hacía sentir mal del estómago.
La historia era sencilla. La ‘madre’ de Bultito había muerto al darla a luz y los padres de la chica no habían querido saber nada de su nieta, así que con dos días de nacida, la habían entregado a las puertas de la disquera con una tona sencilla que declaraba a Tom como el padre. El resto sería publicar, pasado el tiempo necesario para darles aires de realismo, un comunicado que confirmara, que en efecto, Tom era el padre de la criatura.
La mentira era mucho mejor que la verdad, al menos para el público.
Tom y Bill sabían que ello implicaría una marabunta de fotógrafos, reporteros y hordas de fieles, fans y detractores que creyeran tener algo que opinar en el tema, pero era necesario. De otra manera, ¿cómo explicarían después que tenían en casa a una criatura que era el vivo retrato de ellos?
—No me agrada la idea en lo mínimo —murmuró Tom con la vista baja.
—Es lo que se tiene que hacer —declaró Jost—. Los altos mandos en la disquera no están dispuestos a esperar. Sólo necesito tu aprobación, porque de una u otra manera, ellos van a filtrar la noticia a la prensa.
—¿Entonces no tenemos nada qué decir al respecto? —Bufó Bill—. Si de cualquier modo ellos no nos dejan tener una opinión al respecto, no veo porqué estás en nuestras casa e intentas convencernos, Dave.
El hombre mayor suspiró. —Porque son mis amigos, de un modo bizarro, también son como mis hermanos menores, y no quiero que salgan lastimados. Es cierto, digan sí o no, la noticia llegará a los tabloides en cuestión de días, pero preferiría al menos que fuera bajo sus términos. Si aceptan, serían ustedes y nadie más, quien tendría el control al hablar del tema sin tapujos o vergüenzas, en lugar de negarse y dejar que la disquera los acose por fotografías y entrevistas.
Tom tuvo al menos que admitir que una opción era mejor que la otra, sin importar que ambas conducían al mismo final que no quería.
—Haremos la entrevista —aceptó Bill al final, casi como leyendo los pensamientos de su gemelo—. Mañana mismo. ¿Necesitas algo en concreto?
—Una fotografía de la bebé y que cuando los llame en la mañana, estén dispuestos a salir —consultó Jost su reloj—. Si me doy prisa, la noticia podrá estar en el periódico a primera hora.
Tom se puso en pie, no queriendo lidiar con todo aquello. —Voy a ver que todo esté bien con Bultito —indicó alzando el radio bebé que llevaba en mano.
Sin esperar respuesta, subió las escaleras con prisa y entró a la habitación de su hija.
Porque a fin de cuentas el mayor de los gemelos había tenido qué ceder, la bebé dormía en su habitación de día y en la de ellos de noche.
Asomándose a la cuna, la encontró dormida y con la manta que la cubría un poco desarreglada.
—Oh, nenita… —Se inclinó para rozarle el rostro con el dedo índice. Era tan pequeña e inofensiva, que a ratos Tom temía tocarla con excesiva rudeza. El Bultito que había llevado en el vientre y el que ahora llevaba en brazos no parecían ser el mismo. Ambos tenían una energía espectacular y como comprobó Bill al cambiarle un pañal, seguía dando unas patadas espectaculares de campeona de Kick-Boxing, pero no era lo mismo—. Vas a tener que perdonarlos por lo que vamos a hacer mañana. Es por tu bien y el nuestro. Lo siento tanto… Tendrás que perdonar a tu mami…
La bebé ni se inmutó. Era de esperarse, siendo que era aún una recién nacida que requería dormir la mayor parte del día. Tom no podía ni esperar el momento en que cruzara esa fase y pudiera realmente conocerla.
No tenía ni la menor duda de que sería una niña activa. Ya fuera de rosa y muy femenina o vestida como crío y con gorra, sabía que a ella le encantaría correr, saltar y gritar siempre que tuviera la oportunidad.
—Casi no puedo esperar a que crezcas —le susurró inclinándose sobre la cuna y tomándola en brazos. El pequeño cuerpecito apenas se movió—. Voy a ser tan bueno contigo…
—Seremos —dijo Bill desde el marco de la puerta, conmovido del cuadro que veía—. Jost se acaba de ir —le explicó a su gemelo sin necesidad de que le preguntara—. Mañana estará en todo periódico de Alemania. Dave dijo que estemos preparados por si acaso alguien intenta cruzar el muro o recibimos llamadas extrañas.
—¿Mencionó cuándo será la rueda de prensa? —Quiso saber Tom, sentándose en una mecedora que descansaba al lado de la ventana en el cuarto.
—Mañana también —se sentó Bill a su lado, en un pequeño taburete—. Sé que la idea no te gusta, pero…
—No es nada —murmuró Tom—. Lo hacemos por ella, ¿no es así? —Besó la cabecita desnuda de su hija, donde el fino cabello rubio formaba un remolino—. No pensé decirlo en el momento en que supe que estaba embarazado porque no te pusiste condón, pero —gruñó ante el recuerdo—, ahora haría cualquier cosa por ella y por ti. Por nosotros como familia. Esta es la clase de felicidad que no estoy dispuesto a perder.
—Yo tampoco —confirmó Bill al apoyar la cabeza en el hombro de su gemelo.

Tal como lo esperaban, desde el instante en que la noticia llegó a los medios de publicidad, el caos no dejó de suceder en la casa Kaulitz. Harto de cómo su línea telefónica era acribillada con llamadas sin parar, Tom terminó desconectando el teléfono porque el constante sonido no dejaba a la bebé dormir.
Apenas dieron las nueve de la mañana, una hora propicia para visitas, Jost apareció con un periódico de cada uno de los que se publican en toda Alemania y juntos, en compañía de Gustav y Georg, examinaron cada reportaje que se hacía referente a ellos o a la banda.
Casi sin esperarlo, las notas que encontraban no ponían en duda ni una palabra de lo que habían escuchado e inclusive un prestigioso periódico de Münich clamaba tener el certificado de defunción de la susodicha madre de Bultito, hecho que le arrancó las primeras carcajadas a todos en la sala.
—Si dicen eso, es porque se lo creyeron todo —vio Gustav el lado bueno.
—No contemos victoria aún —les había advertido un tenso Jost.
Más tarde ese mismo día, habían dado la primera entrevista, Bill como apoyo y Tom con la bebé en brazos. Por suerte para ellos, la entrevistadora había estado de su lado proclamando que era asombroso el ver cómo Tom se hacía responsable de sus actos y declaraba que se iba a hacer caso de su hija.
—Siento que ya la quiero más de lo que podría expresar con palabras —dijo Tom en televisión a cadena nacional, y para antes de que el sol terminara de desaparecer en el día, todo blog, foro o página no oficial de la banda ya lo sabía.
La conmemoración se dio cuando grandes revistas, nacionales e internacionales comenzaron una puja por la primer foto oficial de Bultito. En el momento en que la cifra sobrepasó los seis dígitos, los gemelos recibieron una llamada de la disquera, que por primera vez, los felicitaba sin pero alguno.
Cuando al fin todo terminó y las veinticuatro horas se cumplieron, Bill y Tom se arrastraron a cada lado de la cama y unieron las manos por encima de Bultito, quien ajena a su reciente fama, dormía a pierna suelta.
—No lo puedo creer —susurró Bill con cansancio—. Todo el día fue una locura.
—Y que lo digas —murmuró Tom—. Por un segundo creí que no se iban a creer esa patraña de que una groupie salió embarazada y no dijo nada por nueve meses.
—Cierto —rió Bill—, pero lo creyeron y es lo que cuenta.
—Exacto.
Con una sonrisa en labios, los dos cayeron dormidos casi al instante.

Con motivo del cumpleaños de los gemelos, la mañana del treinta y uno de agosto, un muy desvelado Bill abrió la puerta de su casa para encontrarse con su madre y Gordon, los dos cargando sendos pares de maletas consigo y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Mmm? —Abrió un ojo perezoso ante la pareja—. ¿Qué diablos hacen aquí? ¿Ya es Navidad?
—Oh, Billy, ven y besa a mamá —lo abrazó Simone, dejando caer su equipaje apenas entró a la casa, por poco dándole en el pie al menor de sus hijos—. Como sé que ustedes dos, par de distraídos, olvidaron que mañana es su cumpleaños, planeo celebrarlo con ustedes y mi nieta. —Miró a su alrededor como si esperara una niña de cinco años corriendo a su encuentro—. ¿Y tu hermano?
—Durmiendo, mamá, como todo mundo en la ciudad —bostezó Bill hasta que los huesos de la quijada le crujieron. Consultó el reloj de la entrada—. Son las cinco de la mañana y apenas hemos dormido dos horas.
—Otra vez se desvelaron —lo amonestó su madre—. Ahora son padres, no pueden hacer eso.
—Por que somos padres lo hacemos —dijo Tom en igual estado de sueño, bajando las escaleras con la bebé en brazos—. Bultito no ha querido dormir en toda la noche. Sandra dice que puede ser reflujo.
—Mi pobre nieta —se la quitó Simone de los brazos a su hijo mayor—. Con un par de padres como estos, no me sorprendería encontrar que tiene varicela o algo peor.
Los gemelos rodaron los ojos y saludaron a Gordon, que durante todo el intercambio de palabras, había permanecido tranquilo. —Hola, chicos —los saludó—. Quise llamar primero antes de caer por sorpresa, pero ya saben cómo es su madre.
—Una loca —corearon Bill y Tom.
—¡Los escuché! —Llegó la voz de Simone desde la cocina.
—Ésa era la intención —explicó Tom con un deje de fastidio en su tono—. Ahora, madre querida, quisiera que me devolvieras a mí bebé y nos dejaras volver a la cama.
Simone regresó con la bebé en brazos y una mamila en la otra. —¿Cómo que la bebé? ¿Aún no han decidido nombre para ella?
Los gemelos se sonrojaron, cada uno mirando en la dirección opuesta a la que se encontraba Simone.
—No.
—Ninguno.
—Hijos míos, ¡hombres! —Se quejó su progenitora—. ¿Es que acaso van a seguir llamándola Bultito hasta que cumpla la mayoría de edad o qué?
—Aw, mamá —le trató de quitar importancia Bill—, simplemente no hemos tenido tiempo para pensar en un nombre. Todos suenan tan… horribles. Bultito necesita un nombre especial.
—No, necesita un nombre ya, o crecerá creyendo que es un saco de patatas —refunfuñó su madre.
—Entonces dame a mi querido saco de patatas y déjanos en paz —le arrebató Tom a la bebé, cuidando de sostenerle la mamila—. Nosotros lo decidiremos cuando llegue el momento, no tú. Ni antes ni después de que tenga que suceder.
—Eso, y si nos disculpan —comenzaron a subir los gemelos las escaleras de vuelta a su habitación—. La habitación de invitados es la misma de siempre. Acomódense y no nos hablen hasta pasado el mediodía.
El ‘no se escaparán tan fácil más tarde’ que llenó la habitación por parte de Simone, no se le fue de largo a ninguno de los dos.

—Ugh, este libro sólo tiene nombres horribles —desechó Tom el mamotreto que Simone les había dado a la hora del desayuno. El objeto en cuestión era una especie de enciclopedia con una numerosa colección de nombres en diversos idiomas; al parecer el intento desesperado de su madre por darle un nombre a su nieta aunque fuera de manera indirecta—. Me rindo, no quiero ponerle Eucaricia, suena horroroso.
—No quiero imaginar los apodos que le pondrían en la escuela —mordisqueó Bill de la tostada con mermelada que comía—. Prueba buscar un nombre con R; esa letra suena fuerte.
—Romina, Rachel, Rihanna, ¡UGH! —Rezongó Tom, cerrando el libro de golpe—. Me niego a seguir con esta tortura. No pensé que elegir nombre fuera tan difícil.
—Pero es necesario —se inclinó Simone sobre sus platos para servirles un poco de huevo a cada uno. Usando la espátula en tono instigador, no pudo decirles nada cuando el timbre sonó.
—Yo voy —se puso en pie Bill, huyendo de su progenitora como si tuviera la peste.
—Tu hermano es un cobarde —balanceó Simone la cabeza, tratando de encontrar apoyo en su otro hijo y dándose cuenta que no podría ganar contra ellos dos juntos—. Saben muy bien que no lo hago por molestar, pero mi nieta necesita un nombre apropiado.
—Estamos buscando —recitó Tom su letanía—. Quizá no tanto como tú lo deseas, pero lo hacemos, ¿ok?
Simone inhaló aire con fuerza, dando el tema por perdido. —Ustedes deciden, ya son adultos.
—Exacto —cortó Tom un trozo de huevo y lo pinchó con su tenedor—, somos adultos.

—Bill…
—Mmm… —Le llegó la respuesta de su gemelo.
—Pst, Bill —pateó a su gemelo por debajo de las mantas. Por primera vez desde su llegada, la bebé no dormía con ellos. No queriendo parecer padres débiles que no podían dormir sin su bebé al lado de ellos, la había acostado en su cuna, para que así una muy incrédula Simone, los dejara en paz—. Despierta —sacudió un poco a su gemelo.
—¿Es Bultito? —Intentó Bill ponerse en pie—. Ya voy, ya voy…
—No, no es eso —susurró Tom, abrazándose a su gemelo, feliz de que la enorme barriga ya no era un impedimento físico entre los dos. Aún le faltaban un par de kilos por perder; en su consideración, todos ellos en la cara y el estómago, pero nada que el ejercicio y una alimentación sana no pudieran remediar—. Bultito está bien —dijo, y al instante su gemelo se relajó entre sus brazos—, pero es lo del nombre.
—¿Qué con el nombre? —Intentó Bill seguir el ritmo de la conversación—. Pensé que no querías decidir nada si mamá te estaba obligando.
—Y no quiero —se mordió el labio inferior—, pero ella tiene razón. Necesitamos un nombre. Ya bastante tengo en la consciencia con tener que decirle que no supimos que era niña sino hasta que nació, como para admitir después que casi cumplía la quincena de nacida y no teníamos ni idea de qué nombre ponerle.
—Tienes razón, Tomi, toda la razón —bostezó el menor de los gemelos—. Si tan sólo no fuera medianoche y no estuviera tan cansado. ¿Podemos hablar de esto en la mañana?
Tom tuvo que darle la razón. —Sólo una última cosa.
—¿Qué? —Gruñó Bill, deseando ya regresar al país de los sueños.
—Feliz cumpleaños.

Aquel fue uno de los mejores cumpleaños que los gemelos hubieran podido desear o tener en su vida.
Hubo pastel, comida al por mayor y la visita de amigos y familiares cercanos culminó cuando las luces se apagaron y Simone apareció con una tarta especialmente para los gemelos, cubierta de betún y con el número de velas exacto para su cumpleaños. Las voces que les cantaron deseándoles un nuevo año más de felicidad, eran lo suficientemente poderosas como para que el desastre que se tuviera que limpiar luego de la fiesta, valiera por completo la pena.
—Wow, no lo esperaba —se enjugó Tom los ojos, un poco abochornado de soltarse llorando frente a todos. A su favor, aún tenía el pretexto de las hormonas de su lado y planeaba usarlo hasta el fin de sus días.
—Tomi, no llores —abrazó Bill a su gemelo.
—¡Pero si no estoy llorando! —Refunfuñó éste con una tira de papel higiénico en la nariz—. Es una basurita que me entró en el ojo.
—Ajá —chanceó Georg a su amigo, aceptando un poco del pastel que Simone repartía entre los invitados.
Antes de que pudiera encontrar una réplica mordaz, el timbre sonó. —Si me disculpan —entregó la bebé Tom a Bill—, alguien parece haber llegado.
Esquivando personas por toda la sala, cuando abrió la puerta se llevó la sorpresa del día al encontrar a Sandra, llevando consigo de cada mano a Gweny y a Ginny, las dos con vestidos, uno rosa pastel y el otro verde menta y una sonrisa en labios.
—Siento llegar tarde, pero ciertas personitas querían venir. No hubo modo de convencerlas de lo contrario —se excuso Sandra.
—No importa, vengan acá —abrió Tom los brazos a las niñas, que lo sujetaron de cada lado, cuidando de no ser muy bruscas, que por indicación de Sandra, sabían que no hacía mucho Tom había tenido a su bebé—. Es una sorpresa excelente.
—Trajimos regalos —dijo Gweny, con un poco de vergüenza.
—También le compramos algo a tu bebé —agregó Ginny con idéntico gesto.
—Muchas gracias —les besó Tom las cabezas. Algo en volverlas a verlas, situación que no creía que fuera a suceder de vuelta, le animaba aún más el día—. Pasen, hay pastel.
—¿Podemos ver a la bebé? —Musitó Ginny su petición.
—Por supuesto —dijo Tom.
Una vez llegaron a la sala, Tom se encontró con que ni Bill ni Bultito estaban presentes, así que con una gemela a cada lado, las guió a la cocina.
Ahí se encontraba su gemelo preparando un biberón y cantando nanas a su pequeña bebé.
—Es muy bonita —se puso Gweny de puntitas para verla mejor—. Se parece mucho a ustedes dos.
—No es bonita —dijo Ginny con rubor, acaparando la atención de los adultos—, sino bella.
—¿Cómo se llama? —Preguntaron a coro, ajenas de la presión que los gemelos llevaban encima con la simple tarea de darle un nombre a su primogénita.
Bill se sentó en una silla y con la bebé en brazos, dejó que las gemelas le tomaran las manitas. —Aún no tiene nombre, pero estamos pensando en algunos, ¿nos ayudan?
Gweny pareció meditarlo unos segundos, igual que su gemela. —Mamá nos puso el nombre de nuestras abuelas paternas. No sé si eso sirva de algo.
—¿Simone, uh? —Intercambió Tom una mirada con Bill. Ambos convencidos de que no era tan mala idea, pero que ese nombre sería el segundo. Con eso no sólo lograrían quitarse de encima a su progenitora, sino que además la halagarían hasta el fin de sus días.
—Hecho —concedió Tom a las niñas—. ¿Y qué dicen de un primer nombre? ¿De qué tiene cara la bebé?
—De Bella —balbuceó Ginny, siempre más tímida que su gemela. Usando su meñique para acariciar la mejilla de Bultito, lo volvió a murmurar—. Es que es muy Bella. Podría llamarse… Isabella.
—¿Isabella Simone Kaulitz? —Consultó Tom con su gemelo, y si la sonrisa que esbozaba en labios era indicación, aquel era el nombre perfecto.
—Voy a extrañar decirle Bultito, pero ahora ya tiene nombre —besó Tom la cabeza de las gemelas—, no se imaginarán jamás la ayuda que han sido. No sé cómo pagarles el favor.
Las niñas batieron pestañas con ternura. —¿Podemos comer más pastel?

—Oh, por Diosss… —Se dejó caer Tom en la cama. Muerto, porque en otro estado dudaba poder sentir tanta pesadez. A casi dos años de haber elegido el nombre de Isabella, lejos estaban ya los días en que era una bebé pequeña. Ahora era una niña que corría por toda la casa y adoraba balbucear sus primeras palabras a todo aquel que la quisiera escuchar.
Simone estaba encantada, lo mismo que cualquiera que la conociera o se cruzara por su vista. Era la delicia de los medios y las fangirls la habían terminado adorando sin remedio.
Tom creía que la vida no podía ser mejor, pero…
—Uf, ya se durmió… —Se tiró Bill a su lado, luego de haber pasado la última media hora recostado junto a Bella y cantándole viejas canciones hasta que cayera rendida—. Te juro que tu hija tiene su dotación secreta de caramelos, porque parece inagotable su energía.
—Es eso, o secretamente he dado a luz al conejito de las pilas Duracell —gruñó Tom—. ¿Masaje? —Pidió con una vocecita, convencido de que a pesar del agotamiento, su gemelo cedería.
—Qué remedio —gateó Bill hasta el final de la cama—. Tú siempre sabes cómo convencerme…
—No estoy solo en ello —se puso Tom las manos en el vientre, palpando su barriga de cuatro meses y medio de embarazo—. Mi pequeño niño también se une.
—Presumido —murmuró Bill antes de tomar los pies de su gemelo y masajearlos con la fuerza necesaria para tenerlo gimiendo—. A veces creo que prefieres esto al sexo.
—Elijo ambas, muchas gracias —gruñó Tom.
Satisfecho con su vida, el mayor de los gemelos no tenía más que pedir. Con una niña de dos años y un bebé que desde el primer ultrasonido que se pudo confirmas supieron que era niño, además de Bill, claro estaba, Tom era la persona más feliz del mundo.
¿Quién podría adivinar lo que vendría después de una noche de excesos alcohólicos? Él, por seguro, no.
Porque si alguien le preguntaba si cambiaría todo eso por una vida diferente, él sólo diría no…

No... por Marbius CAP.10

(COMETARIOS PARA LA ESCRITORA ,GRACIAS)

… Seas Juan devorado por el lobo [Mes 9]


—Nada —denegó Sandra moviendo la cabeza de lado a lado, una sonrisa en labios—. Sea lo que sea, sabrán el sexo del bebé hasta el día del parto.
—Qué remedio —exhaló aire Bill, que des el momento en que había entrado a la consulta, sabía que sus intentos serían infructíferos; el bebé seguía sin dejarse ver.
—Era de esperarse —se palmó Tom el vientre—. Bultito tiene carácter y sabe mostrarse firme.
—Por lo demás —apartó Sandra el visor del ultrasonido de la barriga del mayor de los gemelos—, todo marcha a la perfección. Niveles óptimos, la presión en su sitio, tus análisis también demostraron que estás sano como un caballo. —Sonrió—. El parto podría hasta ser ahora mismo si lo desean.
Bill y Tom intercambiaron una mirada de terror.
Por su parte, el mayor de los gemelos deseaba esperar que el curso de la naturaleza siguiera su camino. Su cita de aquel día era el primer día de agosto cuando el calor del verano se dejaba sentir con más fuerza que en años anteriores, calentamiento global o no.
La doctora Dörfler les había explicado desde la primera cita con ella, que el alumbramiento tendría lugar a partir de que el mes empezara e incluso hasta los días finales de éste, así que Bultito tenía treinta días para decidir su cumpleaños. Siendo que el bebé había elegido el día quince por medio de sus ya conocidas pataditas, Tom no quería presionar el tema.
—¿Ahora mismo? —Repitió en voz alta, con un enorme tono de duda—. No sé, más bien, no lo creo. ¿No es demasiado pronto?
—El ultrasonido reveló que el bebé ya tiene los pulmones completamente formados —les explicó Sandra tomando el expediente de Tom y rellenando el formulario de aquella cita—. Pero si prefieren esperar… Al bebé aún le falta ganar un poco de peso, nada que no pueda obtener en la incubadora.
—¡Incubadora jamás! —Refutó Bill cruzándose de brazos—. Preferimos esperar a que suceda naturalmente, ¿no es así, Tomi? —Confirmó con su gemelo.
Éste se demoró en responder, al parecer muy concentrado en limpiarse el gel que cubría su vientre con una toalla de papel y acomodándose la camiseta que llevaba con mucho cuidado.
La verdad es que Tom no sabía exactamente qué decidir. En su cabeza, la naturaleza era la más sabia. No por nada había elegido ésta que fueran las mujeres y no los hombres, quienes llevaran a las criaturas a cuestas; reconocía su superioridad en cuanto a control del dolor y paciencia respecto a que estar en estado no era nada fácil; él lo sabía por experiencia. Por lo mismo, si era la naturaleza quien decidía cuándo sería el momento del parto, él estaba más que dispuesto a acatar sus órdenes sin rechistar.
—¿Y si esperamos? —Preguntó al fin—. Digo, Bultito sabrá cuándo es el momento para que salga, ¿o no? Ni antes ni después de que deba hacerlo.
—Es una buena opción —dijo la médica—. Ustedes deciden a fin de cuentas.
—Tom confirmó con su gemelo en un breve intercambio antes de hablar por los dos. —Entonces esperaremos. Sigue en pie la fecha el quince.

—No hay nada mejor que esto en el mundo… —Exclamó Tom con felicidad, tendido de espaldas sobre la cama que compartía con Bill y con éste rendido a sus pies, masajeándoselos—. Y si lo hay, no lo conozco, ¡ah! —Gimió cuando su gemelo deslizó las manos sobre el arco del pie y un punto donde la tensión y el peso del embarazo se distendió.
Ahora menos que antes, el mayor de los gemelos apenas caminaba, sólo si era necesario y nada más; ningún paso extra. El vientre le impedía ahora no sólo dar largas caminatas, sino el estar de pie por largos periodos de tempos; ni hablar de bajar las escaleras más de dos o tres veces al día. Incluso para bañarse, Tom lo hacía sobre una silla y dejaba a Bill el resto de su aseo.
Por fortuna para él, su gemelo no sólo era el mejor enfermero que uno pudiera desear, sino también un padre amoroso que se desvelaba con él cuando Bultito se negaba a dormir y le cantaba no sólo nanas de cuna, sino también sus propias canciones. Y sumado a su currículo de hermano amoroso, también era la pareja que cualquiera pudiera desear, siempre consintiendo cada pequeño capricho que Tom pudiese tener, ya fuera pastel de chocolate hecho en casa o nueces que hubiera que ir a comprar a medianoche a alguna tienda al otro lado de la ciudad. Todos y cada una de sus peticiones, sin importar cuán ilógicas e irracionales resultaran de boca de alguien bajo el efecto de las hormonas, Bill los cumplía sin rechistar, siempre despidiéndose con un beso y feliz de que el pago fuera una sonrisa a cambio.
—Ahhh —soltó Tom un quejido adolorido, convencido de que quizá Bill no sabría tocar la guitarra más allá de tres acordes, pero de que era el más talentoso con sus dedos. Una presión agradable justo en el sitio donde le dolían los pies, se lo confirmó—. Eres tan bueno conmigo —murmuró con ojos entrecerrados de placer. Si tan sólo tuviera puré de papá con queso de nachos encima… Sería el hombre más feliz de la tierra.
—Puedo ser aún más bueno contigo —dijo Bill al llevarse un pie de Tom a los labios y besar la punta del dedo gordo—. Eh, Tomi… —Repitió su acción depositando otro beso en el empeine y otro más abajo, en la línea del pie. Un pequeño giro y su lengua trazó una línea desde la base hasta el tobillo.
—Mmm, Bill —gimió Tom, ya no por el masaje, sino por las acciones de su gemelo. ¿Y éste qué tramaba? La doctora Dörfler ya les había advertido que nada de acción triple x para ellos dos; que mejor se apiadaran de su mano amiga y dejaran el otro tipo de actividades para después del parto. Ante su incredulidad por verse cortado de su suministro de sexo gratis, Bill había exigido una explicación razonable, a lo que la médica le había explicado que no era seguro para el bebé y que un orgasmo lo suficientemente fuerte podría desencadenar el trabajo de parto en un segundo. No valía la pena arriesgarse por media hora de placer.
Así que con sexo fuera de las cartas con las que podía jugar, ¿qué plan perverso tenía Bill en mente al tomar a Tom por las rodillas y abrirle las piernas con lentitud?
—Bill… —Amonestó Tom a su gemelo—. Ya sabes lo que Sandra dijo.
—Lo sé perfectamente bien, Tom, muchas gracias —dijo Bill categóricamente—. Ella dijo, y cito: “Nada de sexo para ustedes dos hasta que el bebé esté en su cuna y dormido, cuarenta días después del parto”. Créeme —le brillaron los ojos a la media luz de la habitación y Tom tuvo que tragar saliva con nerviosismo—, la escuché a la perfección.
—¿Entonces…? —Tom respiró con pesadez, la excitación de lo que Bill hacía, cobrando factura—. ¿Qué piensas hacer?
—Nada que rompa las reglas —se lamió Bill los labios. Sin esperar ninguna señal, tiró de las caderas de Tom hasta tenerlo completamente recostado y relajado—. Ahora, Tomi, disfruta…
El mayor de los gemelos sintió como Bill alzaba un poco la delgada camiseta que llevaba puesta y apenas sobrepasaba la línea de los bóxers que usaba, las prendas más ligeras para descansar luego de un baño, para luego tirar de éstos hasta dejarlos en sus rodillas.
—Quítalos —pidió.
Bill obedeció deshaciéndose de la prenda con una risita al tiempo que los tiraba al otro lado de la habitación describiendo una perfecta parábola.
—Ahora, tengo que decir que si me pateas de nuevo… —Murmuró Bill al depositar besos a lo largo y ancho de los muslos de Tom, presionando la piel a su alrededor con dos manos sudorosas.
—N-No, lo prometo, pero sigue… ¡Ah, ahí! —Tembló Ton con anticipación. Cuando al fin el cálido aliento de Bill descendió sobre su erección, soltó un gemido mitad de placer y descontrol.
Trabajando con su lengua y dedos ágiles, Bill parecía saber lo que hacía; ciertamente lo hacía, pensó Tom al estrujar las manos sobre el cobertor de la cama cuando un muy certero lametón contra el costado de su pene lo hizo estremecerse de pies a cabeza.
—Bill, cariño, no sé cómo te voy a pagar esto —musitó Tom, acariciando los mechones de cabello de su gemelo que caían sobre su cadera—. Eres tan bueno conmigo…
El menor de los gemelos se apartó del regazo de Tom con un sonoro sonido húmedo. —Yo sé cómo…
—Ni lo pienses —denegó Tom. El sexo oral no era el campo en el que mejor se desempeñaba, eso por seguro. Al no tener más experiencia con otro hombre que su propio gemelo, Tom no podía estar muy seguro de si aquella actividad le gustaba o no. Ahogarse con el miembro de alguien en la boca nunca era placentero, pero siendo Bill, los ruiditos que hacían camino al orgasmo siempre lo compensaban. Y sin embargo, prefería cualquier otra actividad a ésa. No que realmente su gemelo pudiera protestar, porque en cuanto a posiciones, Tom se encontraba muy limitado.
—Sucio —bufó Bill—, no pensaba en eso. Más bien… ¿Qué tal manualidades? —Sugirió con ligereza, como si realmente ofreciera hacer tarjetas de navidad hechas a mano y no ayuda para masturbarse—. ¿Qué dices?
Tom consideró que la sensación que llevaba entre las piernas y como de bien Bill la trabajaba. —Tienes un trato y mi palabra de honor.
—Perfecto —dijo Bill antes de volver a descender el rostro y volver a tomar a Tom entre sus labios.
Usando una mano para masajear sus testículos, Bill trabajó la lengua un par de veces sobre el glande de su gemelo antes de abrir la boca y succionarlo por completo. El gemido que obtuvo a cambio fue el mejor de los pagos, sin importar si después seguía su turno o no. Por regla general, Tom casi siempre terminaba molido y drenado de toda energía después del orgasmo, situación que no había hecho sino intensificarse después de estar embarazado.
Decidido a que así fuera a modo de premio por llevar a su primogénito, Bill comenzó a succionar con más fuerza, trabajando la lengua y su arete sobre el dorso en repetidas ocasiones, obteniendo con cada movimiento un nuevo jadeo.
Tan concentrado estaba en ello, que no apreció cómo los gemidos pasaron a ser de placer a ser de dolor.
El conocimiento llegó cuando Tom soltó un alarido que retumbó en las paredes y gritó a voz de pulmón “¡El bebé viene en camino!” lo suficientemente alto como para detenerle el corazón un segundo por el miedo.
—¡BILL! —Chilló Tom apenas su gemelo se apartó de su entrepierna.
—¡TOM! —Gritó éste a cambio, con el corazón retumbándole en las orejas—. ¿Qué pasó? ¿Qué dijiste? ¿De qué demonios hablas cuando dices que el bebé viene?
Tom rodó los ojos, no por el fastidio, sino por el dolor. Llevándose una mano al vientre bajo, soltó un alarido parecido al que daría un castrati en el momento de ser emasculado.
—Bultito… —Masculló entre dientes cerrados; los ojos haciéndosele agua con cada sílaba—. Duele…
Bill lo miró como si le hubiera confesado que el fin del mundo estaba a cinco minutos de distancia. —Tienes que estar bromeando… No puedo ser cierto. ¡No puede ser! ¡Aún faltan quince días! ¡Incluso más!
—¡Lo sé! —Gritó Tom en respuesta, rodando sobre su costado cuando una aguda punzada de dolor lo hizo lloriquear como un niño pequeño—. Llévame al hospital, llama a Sandra, a Gustav, a Georg, ¡a mamá! ¡Haz algo o me las pagarás, Bill! ¡Pide ayuda a la policía, bomberos, llama al 911 si hace falta, pero hazlo! —Aulló antes de que una punzada en el centro del vientre lo dejara sin respiración.
Bill cerró los ojos un segundo, tomando todo el aire que era capaz de una vez y tratando de ser rápido y funcional, no rápido y estúpido. —Ok, primero… Vamos a hacer lo que Sandra nos dijo. Te tienes que vestir antes de salir de casa.
—No hay tiempo —murmuró Tom con el rostro bañado de lágrimas—. Dame una manta y me envolveré con ella hasta donde pueda.
—Bien, segundo paso… —Bill observó la habitación como si fuera la primera vez que estuviera en ella antes de que sus ojos se posaron en una maleta que tenían prevista desde el quinto mes para una situación como ésa. En su interior llevaban todo lo necesario, desde pañales y ropa para bebé, hasta los pasaportes y un teléfono extra, todo planeado para una situación desde lo más normal a lo más trágica—. La maleta, claro.
Un largo quejido por parte de Tom, lo trajo a la realidad.
—Yo llamo a Sandra —dijo Tom entre respiraciones—, tú enciende el automóvil, sube la maleta y ven por mí sin caer por las escaleras.
—No me tardo —se dio vuelta Bill para salir por la puerta, olvidando el hecho de que estaba en pijamas y descalzo.
Tom soportó las ganas de lloriquear como una nena mientras marcaba el número de su doctora, pero apenas ésta contestó con un adormilado “¿Hola?”, rompió en llanto. —Bultito viene en camino y no sé qué hacer —berreó con desolación.
Amaba a Bill, pero sabía de sus limitaciones. Si él mismo no podía soportar el estrés de llegar a hospital en una pieza sin atropellar a alguien en el camino o conseguir una multa por exceso de velocidad o subirse a la acera o cualquier otra loca idea que se le viniera a la mente, dudaba mucho que su gemelo pudiera.
—¿Tom? —Sonó la voz al otro lado de la línea—. ¿Estás seguro?
—¡Duele como si lo estuviera! —Esnifó el mayor de los gemelos—. Y no tengo ni la menor idea de lo que va a pasar…
—Sube con Bill al auto y vengan a la clínica, es todo, ¿ok? ¿Me escuchas? Nada de paradas en McDonald’s o Burguer King, sin importar cuánta sea la tentación, ¿de acuerdo? Directo al hospital. Los estaré esperando ahí.
—Sí, sí —asintió Tom a pesar de que la médica no lo veía—, de acuerdo.
—Y Tom… —El tono de Sandra se escuchó ligeramente divertido—, no entres en pánico.

La carrera al hospital resultó ser… Un poco fuera de lo normal.
Empezando con Bill, que apenas subió la maleta al automóvil, decidió que estaba completo y no necesitaba nada más. Fue hasta el kilómetro tres que se dio cuenta de que iba al hospital sin el paciente. Para cuando regresó, Tom estaba maldiciendo a su gemelo, aún en la entrada de la casa y rodeado de pañuelos desechables.
Un “Me olvidaste, idiota, y eso lo sabrá Bultito en cuanto tenga edad de entenderlo” lo recibió en la entrada. Tras ayudar a Tom a subir y por fin enfilar al hospital, Bill se enfocó en conducir sin estrellarse contra todo edificio que se le cruzara al frente. Ignorando un par de luces rojas y señales de alto, llegó a la clínica en tiempo récord.
Apenas en el estacionamiento, Sandra ya los esperaba en compañía de dos enfermeras capacitadas y a las que ya se les había pagado por adelantado por su silencio.
Una vez Tom entró al edificio, Bill se dedicó a llamar a todo mundo, o al menos a todos los que sabían del estado de su gemelo: A su madre, a Gordon a Jörg, a Gustav y a Georg, a Jost incluso… Y aunque pocos agradecieron ser despertados a medianoche, todos prometieron estar ahí lo más rápido posible.
El resto fue esperar.

—¿Falsa alarma? ¡¿Cómo que ‘falsa alarma’?! —Enfatizó Bill las palabras de Sandra, una vez está salió del quirófano sin una pizca de sangre ni un cabello fuera de su sitio, apenas una hora después de que Tom entrara a la sala—. ¿Dónde está el bebé?
—Dormido, aún dentro de su placenta —se apartó Sandra el cubrebocas que llevaba aún puesto. Apenas se lo apartó y su sonrisa se hizo presente—. Como dije, fue una falsa alarma. Contracciones Braxton Hicks.
La cara de desconcierto de Bill fue digna de una fotografía. —De nuevo, repite pero en un idioma que pueda entender. ¿Contracciones Bastón Prix?
La médica denegó con la cabeza. —Braxton Hicks.
—¿Pasó algo? —Aparecieron Gustav y Georg por el corredor lateral, los dos con prisa y cara de haber sido despertados; sus ropas informales y el venir despeinados lo confirmaba—. ¿Ya nació? —Preguntó Georg con emoción—. No trajimos nada de ropa, pero podemos regresar más tarde…
—Aún no ha nacido el bebé —los bajó Sandra de las nubes.
—Exacto, al parecer por unas contracciones llamadas Braston Jils —aclaró Bill.
—Braxton Hicks —rodó Sandra los ojos—. Como sea, no es nada grave, pero el parto aún no ha ocurrido.
—¿Entonces qué pasó? —Quiso saber Bill, ignorando los gestos de decepción de sus amigos al ver que nada había pasado—. ¿Va a nacer más tarde o qué?
—No es la opción más viable —dijo Sandra—. De momento Tom está sedado con un tranquilizante lo más leve posible. El bebé apenas lo sentirá.
Gustav alzó la mano como si estuvieran en la escuela. —Perdón por interrumpir, pero me puede decir alguien qué diablos pasa. Me niego a creer que recibí una llamada a mitad de la noche diciendo que ya voy a ser tío, sólo para encontrar que la multa que me pusieron por exceso de velocidad no valió la pena.
Sandra se presionó el tabique nasal. —Bien, permítanme que lo explique.
—Por favor —dijo Bill, tronándose los nudillos.
—Tom tuvo una serie de contracciones que él confundió con la labor de parto. Nada fuera de lo normal. Algunas mujeres también tienen esa errónea idea, especialmente las primerizas.
—Pero estaba llorando… Tom no llora por nada, nunca —le aseguró Bill con preocupación—. ¿Está segura de que son esas contracciones como sea que se llamen?
Gustav y Georg rieron entre dientes, recordando que cierto, el mayor de los gemelos no solía llorar muy seguido, al menos no como Bill, pero cuando lo hacía, generalmente provocado por alguna película ñoña y cursilona de Disney, lo hacía sin parar y como un crío que quiere a su mamá.
—Es totalmente comprensible —prosiguió Sandra una vez dirigió miradas asesinas a Georg y a Gustav—. Para una madre primeriza el dolor suele ser uno de los principales miedos. Durante el embarazo este tipo de contracciones suceden seguido, pero es sólo hasta los últimos meses cuando se pueden apreciar como un verdadero dolor. Por lo general, se les considera precursoras del trabajo de parto, aunque no siempre.
—¿Entonces Tom está de parto o no? —Se rascó Georg la cabeza—. Ya no entiendo.
—Todavía no. Por eso digo que fue una falsa alarma. Este tipo de contracciones van a suceder con frecuencia en los próximos días hasta que Tom dé a luz. Hasta entonces, tendrá que soportar el dolor y en caso de que sea muy fuerte, tomar un medicamento que le voy a recetar. Nada peligroso —agregó al ver como Bill comenzaba a fruncir el ceño en un gesto de preocupación—. No es nada que afecte su cuerpo o a la salud del bebé. Sólo un antiespasmódico y un relajante en uno.
El menor de los gemelos soltó un suspiro. —¿Entonces dice que están bien él y el bebé?
—Completamente —le palmeó Sandra el hombro—. Ha muchas madres primerizas les suele suceder esto. No es nada que deba preocuparnos.
—Pero Tom no es una mujer —musitó Bill.
—Precisamente por eso el dolor fue tanto. Al no tener un útero que estuviera preparado desde un inicio para un embarazo, son los músculos del estomago los que Tom sintió contraerse. Suele ser un poco más doloroso, por no hablar de que los hombres suelen tener una menor tolerancia al dolor.
El menor de los gemelos se apartó unos pocos de mechones del rostro, el alivio pintado en cada una de sus facciones. A pesar de que la desilusión de no tener a su bebé consigo en ese mismo instante era mucha, prefería que el parto sucediera cuando tuviera que suceder.
—Tengo que preguntar por si esto vuelve a ocurrir en otra ocasión —interrumpió la médica los pensamientos de Bill—, ¿qué estaba haciendo Tom cuando sucedieron las contracciones? —Arqueó una ceja, esperando una respuesta plausible.
El menor de los gemelos deseó poder hundir la cabeza en arena, abochornado de tener que explicarle a la médica la clase de actividades en las que estaban envueltos antes de tener que correr al hospital como locos. Sabía que no se sentiría tan mal de haber seguido las recomendaciones de la doctora, pero como no era así… La culpa lo carcomía por dentro.
Por fortuna para él, apreciando el tono rojizo que le corría no sólo por el rostro, sino también por las orejas y el cuello, Sandra decidió dejarlo pasar.
—Bien, no es tan importante —pasó de largo el tema—. De momento, Tom duerme. Para la mañana ya podrán volver de vuelta a casa y sin complicaciones.
Bill soltó un suspiro desde lo más profundo de su ser, agradeciendo a Sandra el no ahondar en lo que ella seguramente ya sospechaba. Hacer lo que te era negado era una cosa cuando había razones válidas en contra, pero hacerlo y que algo saliera mal, no tenía perdón. Gracias a la buena suerte, que nada malo había pasado por su pequeño desliz.
—¿Puedo verlo? —Preguntó en lugar de seguirse atormentando.
Sandra iba a decir no. Tom estaba agotado a causa del estrés; las visitas no era una de las prioridades en su lista para su paciente, pero al ver a Bill en las mismas condiciones, no pudo más que conceder el permiso.

—Cariño, no es que no los quiera a ti y a Bill —abrazó Simone a su hijo mayor dos días después de que éste saliera del hospital—, pero si se vuelven a equivocar y me hacen volar quinientos kilómetros por avión a mitad de la noche para un alumbramiento en falso…
—Oh, mamá, ya nos disculpamos —se sumó Bill al abrazo—. Y no volverá a suceder.
—Eso esperamos —bostezó Gordon; en sus palabras, demasiado viejo como para soportar la tensión, el desvelo y el viaje cuando no era cierto que uno de sus hijastros estaba dando a luz de emergencia.
—Mis pequeños bebés, espero que se cuiden mucho —besó Simone a sus dos hijos en cada mejilla, dejándoles sendas marcas de lápiz labial—. No quiero volver a tener que cruzar el país por nada, así que la próxima vez que llamen, que valga la pena.
—Ajá, la próxima vez procuraré que sea un accidente horrible en verdad, mamá —bromeó Tom con hastío—, así valdrá la pena que vengas a visitar a tus dos únicos hijos y tu próximo nieto.
—Compórtate —le dio ésta un ligero golpe en el hombro—. Quiero que me llamen para lo que sea, pero sólo vendré de vuelta cuando tengan a mi nieto o nieta en brazos.
—Y el premio para la madre del año es… —La chanceó el menor de sus hijos.
—Cariño, hora de partir —consultó Gordon su reloj de pulso—. Si no, perderemos el avión de regreso.
—Ya, ya, ¿es que no puede una madre despedirse de sus adorados bebitos? —Arrugó Simone la nariz.
—Aw, mamá, ya no somos tus bebitos —se quejó Tom—. Vivimos por nuestra cuenta desde hace años y te vamos a dar un nieto. Danos al menos un poco de crédito por eso.
—Si logran que el bebé sobreviva una semana con ustedes, lo haré —dijo con total seriedad Simone—. Así que cállenme la boca con sus acciones y demuéstrenme que pueden —tomó a su marido de la mano—. Los veré luego, mis bebés.
Los gemelos la despidieron en la puerta, en parte tristes por la partida de su madre (algo así como una pequeña parte en realidad; Simone podía llegar a ser abrumadora en una inmensa variedad de ocasiones) y en otra, aliviados de que por fin se iba. Era su progenitora, pero también un dolor de cabeza cuando se lo proponía; en su papel de abuela sobre protectora, ciertamente lo era.
—Al fin —murmuró Bill aún con una sonrisa amplia en labios, agitando la mano en despedida al taxi que se alejaba y llevaba a sus padres de vuelta a casa.
—Amén —sentenció Tom, también con cansancio—. Qué días, qué caos. Todo por nada, aún estoy embarazado. —Quizá en venganza o por casualidad, Bultito dio una patada con fuerza—. Que es una dicha, claro que sí.
—¿Otra vez pateó? —Inquirió Bill, conociendo los ataques de malhumor que Bultito llevaba en los genes como buen Kaulitz—. Si sigue así, va a salir dando patadas a todo mundo.
—Mientras no le dé a Sandra en pleno rostro —murmuró Tom, cerrando la puerta una vez el taxi en el que iban sus padres se perdió en la lejanía—. Fiu, es un alivio saber que mamá estará lejos en un par de horas. La quiero mucho pero…
—Es agotadora, lo sé —finalizó Bill la frase por él—. Yo también soy su hijo —guiñó un ojo.
Tom le sacó la lengua y cerró la puerta.
Aún seguían siendo ‘los bebitos’ como Simone los llamaba.

Quizá fue algo en el tono en que lo dijo, o la manera en que lo hizo; también pudo ser la petición, un repentino antojo de pepinillos en jugo de salmuera, comida que de antes a Tom le repugnaba y que de pronto era su favorita, pero cuando Bill tomó las llaves de la mesita que tenían colocada en la entrada y miró a Tom sentado al tope de la escalera, no pudo sino experimentar un escalofrío que subió y bajó por su espalda que lo hizo temer lo peor.
—¿Estás seguro que quieres que vaya? —Preguntó con inseguridad.
Tom lo miró como si estuviera loco. —¡Claro que sí! —La simple idea de los pepinillos lo tenía salivando en exceso—. Ve o Bultito tendrá cara de salmuera o algo así —lo chanceó, luego de que esa misma mañana se habían reído de un artículo de Internet que versaba sobre antojos no satisfechos y como éstos ocasionaban daños en el futuro bebé—. Anda, Bill, o te juro que no te dejaré dormir en la cama.
Por esa amenaza y porque de cualquier modo el menor de los gemelos no era capaz de negarle nada a Tom, Bill había salido de incógnito, llevando una sudadera con gorro que le tapase el rostro y cero maquillaje. Un viaje rápido a la tienda más cercana no era nada, lo había hecho antes. Tom estaría bien mientras regresaba.
Y para creerle, una y otra vez, Bill se repitió aquellas ideas, deseando en verdad creerlas.
Una vez en la tienda, compró no uno, sino tres frascos jumbo de pepinillos a sabiendas de que su gemelo no se mediría con la cantidad. La transacción de la compra fue rápida; el supermercado vacío a altas horas de la noche a excepción de algunos compradores tardíos, favorecía su propósito de comprar sin ser asediado por la prensa sensacionalista. Bill ya casi podía leer los encabezados: “Vocalista de Tokio Hotel, encontrado ¡sin maquillaje!” o alguna patraña por el estilo.
Ya una vez en el camino de vuelta, trató de convencerse de que aquel extraño presentimiento que había tenido al salir de casa era sólo eso, una extraña idea que no lo dejaba de perturbar desde el incidente de días atrás con lo del falso parto y todo.
Desde entonces, tanto él como Tom habían estado más tensos de lo que se atrevían a admitir, pero como Sandra había dicho: Eran contracciones sin más importancia que un poco de dolor.
Confiado en ello, fue que Bill dio un brusco frenazo en el auto al contestar el teléfono y escuchar la voz estrangulada de Tom llorando al otro lado de la línea.

—¡¿Cómo que otra vez era una falsa alarma?! —Rezongó Bill tres horas después, de vuelta en el hospital y entre asombrado e incrédulo de la cara de burla que Sandra tenía al decírselo—. ¡Es que esto no es un juego!
—No se lo digas a ella, sino al señor ‘parto prematuro y falso’ —masculló Gustav a través de la mano con la que se sostenía la cabeza apoyada sobre una de las incómodas butacas de la sala de espera.
—Eso —secundó Georg al baterista, bostezando al grado de que las mandíbulas parecían salírsele de la boca—. Es la segunda vez que nos saca a medianoche de la cama para que siempre no tenga al bebé. Si sigue así, yo mismo le haré la cesárea, ¡y gratis!
—Suele suceder —se encogió Sandra de hombros—. Las madres primerizas suelen experimentar el dolor con mayor sensibilidad.
—¡Sensibilidad mis…! ¡Tom no es ninguna madre primeriza, por Dios! —Maldijo Bill, el más molesto de todos. En su loca carrera por llegar al hospital, una vez que recogió a Tom y lo subió al automóvil con fuerza sobrehumana, porque de otra manera no se explicaba levantar a su gemelo con una barrigota como la que traía, había llegado tembloroso y en crisis al grado de necesitar un par de pastillas relajantes.
A ese ritmo, iba a tener canas antes del fin de mes.
—Por desgracia, Tom jamás había experimentado niveles de estrógeno tan altos —habló Sandra con profesionalismo—. Su dolor es real.
—¿Quiere decir que esto es serio y no una broma suya para traerlo al hospital con cada molestia? —Quiso saber Gustav—. Porque si es así, creo que podré perdonarlo… Algún día, si es que me encuentra de buenas —finalizó con acritud.
—Exacto —sacó Sandra una pluma y su pequeño block de recetas—. Voy a surtir un analgésico aún más poderoso que la vez anterior—. Tal vez los primeros días le produzca malestares estomacales como diarrea o náuseas, quizá ambos, pero servirá para el dolor de maravillas.
—Si sólo eso nos ahorra las visitas a las dos de la mañana al hospital —murmuró Georg tirándose del cabello en el proceso.
Gustav le pasó el brazo por encima. —Recemos porque así sea.
—Delicados —los desdeñó Bill, tomando la receta y guardándosela con descuido en el bolsillo trasero de los pantalones—. ¿Ahora puedo ver a Tom?
—Misma habitación de siempre —indicó Sandra, apuntando al corredor que llevaba a la sala de operaciones de aquel piso—. Está un poco avergonzado por esta segunda falsa alarma —susurró—, así que no seas muy duro con él. Necesita apoyo, no regaños.
Bill asintió, dejando que los pies lo guiaran a la habitación donde hacía menos de una semana que había recogido a Tom. Golpeando la puerta con los nudillos dos veces, alcanzó a oír un leve gruñido que tomó como ‘adelante’.
Una vez dentro, caminó despacio hacía la figura tendida de costado que le daba la espalda. —¿Tomi?
El cuerpo que descansaba en la cama se movió un poco.
—Vamos, Tomi, no estoy molesto contigo —dijo—, nadie lo está —mintió por su estado anímico. La verdad era que Gustav estaba fastidiado y Georg con un tic que revelaba lo mucho que aquella situación lo estaba desgastando física y anímicamente, pero molestos… Bueno, sí estaban molestos. Mucho, pero estaba seguro de que se les pasaría en cuanto vieran al bebé y se percataran de que todo había valido la pena.
—¿Volviste a llamar a mamá? —Miró Tom por encima de su hombro, los ojos rojos e hinchados de tanto llorar—. Dime que no vienen.
—No —se sentó Bill al borde de la cama de sábanas blancas y esterilizadas—. Lo hice dos veces. Una para decirle que iba a ser abuela y otra para decirle que otro día, no hoy.
—¿Y ella qué dijo? —Se sorbió el mayor de los gemelos la nariz contra la manga—. ¿Sonaba enojada?
—Hey, ¿de qué va eso de estar molestos o no contigo? —Se acostó Bill al lado de su gemelo, abrazándolo de cuerpo entero con una pierna encima de las suyas, una mano sobre su vientre y otra en su cabello, dando caricias largas—. Ya te dije, nadie te culpa si es lo que te preocupa. Estas cosas pasan todo el tiempo, Sandra nos lo explicó. No es tu culpa en lo absoluto.
Tom soltó un suspiro. —Quizá, pero me siento como un idiota blandengue que no soporta ni una pizca de dolor y corre al hospital al menor piquete en el vientre. Si sigo así, voy a terminar como Juan del cuento ése de Juan y el lobo.
Bill se río entre dientes, viendo la semejanza entre la historia de la que Tom hablaba y su propia situación. En ésta, Juan era un niño que cuidaba ovejas en una montaña cercana a su pueblo y que un día decidió gritar pidiendo ayuda porque un lobo lo iba a atacar. Los aldeanos habían acudido a su llamado de auxilio sólo para descubrir a Juan riéndose a mandíbula batiente y orgulloso de su broma, pues no había ningún lobo. Lo mismo sucedió día tras día, hasta que hartos de ello, los habitantes del pueblo decidieron que no le creerían al mentiroso de Juan. Quisiera la mala suerte que el día en que sí apareció el lobo y Juan pidió ayuda a gritos, asustado del lobo, nadie acudiera a su rescate y el niño fuera devorado por la malvada criatura.
—Sin importar cuántas veces me hagas venir al hospital contigo a cuestas y el corazón en la garganta, Tomi —besó Bill la mejilla de su gemelo—, yo siempre lo haré con gusto porque te amo a ti y a Bultito más de lo que te puedes imaginar, ¿ok?
Tom tragó saliva. —Gracias.

Gracias a la nueva receta de Sandra, de vuelta en casa y tomando sus píldoras con exactitud de reloj suizo, Tom no volvió a experimentar ningún dolor. Una semana después y luego de golpearse el dedo pequeño del pie contra la esquina de la cama al grado de sacarse sangre, el mayor de los gemelos descubrió que apenas si había sentido el contacto del mueble, pero no el dolor, que a juzgar por la sangre que manó de su herida y de la bandita que fue necesaria colocarle en su herida, había sido bastante.
Claro que tal como había dicho Sandra, los malestares que acompañaban de tan maravillosa droga estaban a la orden del día. Primero con una repentina explosión de dolor de estómago que desencadenado una larga estadía en el sanitario para Tom, seguida de días de náuseas matutinas que no padecía desde sus primeros meses de embarazo y que por intervención divina, disminuyeron con los días hasta sólo ser una molestia a primera hora de la mañana que desaparecía en cuanto Tom se lavaba los dientes.
El transcurso de los días pronto volvió a recobrar una calma inusual, que bajo el efecto de los potentes medicamentos que el mayor de los gemelos ingería, tomaba tintes coloridos, casi al grado de ver arcoiris y unicornios cabalgando por la senda de los colores cálidos.
En un principio, asustado por alguna de las incoherencias demasiado rosas e irreales que Tom decía antes de dormir, luego de la última píldora del día, Bill había consultado a Sandra, sólo para descubrir que los efectos eran los normales y que las opciones eran ésa, un Tom que parecía alegrarse hasta por las deposiciones del sanitario o un Tom que sufría, pataleaba y lo arrastraba al hospital a mitad de la noche, agonizando en dolor.
Decidir no fue difícil.
—Quiero tostadas —gruñó Tom una semana y media después de haber comenzado con su régimen de pastillas. Apartando el brazo de Bill de su cuerpo, se decidió por ir descalzo hasta el piso inferior y hacerse él mismo el pequeño antojo.
La noche anterior él y Bill se habían desvelado hasta altas horas de la madrugada decidiendo posibles nombres para Bultito, desechando al final cada uno con una mueca de disgusto, hasta que al final habían caído rendidos de cansancio.
El menor de los gemelos seguía dormido, así que Tom se inclinó sobre él y depositó un suave beso en su mejilla. —Perezoso dormilón —murmuró al ver como sus párpados se movían—, voy a bajar a la cocina para hacerme unas tostadas, ¿quieres algo?
—Café… Mucho café —barbotó Bill, rodando al otro costado de la cama.
Tom rió entre dientes, encantado cómo Bill se comportaba cuando aún estaba medio dormido.
Bajando las escaleras hasta la cocina no fue una labor fácil, pero nada que con práctica y mucho cuidado el mayor de los gemelos no pudiera hacer. Una vez frente a la alacena, sacó un par de rebanadas de pan y las puso dentro de la tostadora. Apenas la tuvo trabajando, abrió la puerta del refrigerador y extrajo la mantequilla.
Recordando que Bill quería café, rellenó la jarra y puso a trabajar el colador una vez colocado el filtro.
Esperando a que la tostadora terminara de hacer el pan, Tom no podía más que sentirse orgulloso de su trabajo. Un año atrás, apenas si se tomaba la molestia de marcar algún número y pedir el desayuno. No que comer pan tostado con una ligera capa de mantequilla fuera un cambio drástico y radical, pero de eso a nada…
Tamborileando los dedos sobre la mesa, Tom apreció el sonido de pasos bajando las escaleras y luego la despeinada cabeza de su gemelo se dejó ver a través del umbral.
—Pensé que ibas a dormir más —sonrió al verlo.
—Yo igual, pero entonces olí café recién hecho y… ¿Tomi? —La expresión adormilada de Bill dio paso a una de desconcierto—. ¿Derramaste agua en el suelo?
El mayor de los gemelos miró al suelo y lo encontró rebosante de un líquido no del todo transparente, aunque tampoco oscuro.
Dado que Tom no se podía inclinar o agachar en el suelo so pena de necesitar una grúa para recuperar su posición, Bill se arrodilló para tocar el líquido, que a juzgar por su textura y olor, no era agua.
—¿Qué es? —Gruñó Tom con molestia—. No me digas que es alguna fuga, acabamos de comprar la casa y es nueva. Argh, no puede ser.
—T-Tomi —empezó a temblar Bill, contemplando a su gemelo con ojos abiertos—. Cre-Creo q-que… tu fuente se rompió…
En un principio, Tom parpadeo sin entender gran cosa. El medicamento que tomaba lo tenía tomando a la ligera todo asunto, importante o no. ¿La fuente? En su cabeza, una verdadera fuente con salidas fastuosas de agua se instauró.
—No entiendo —murmuró al fin—. ¿No es ninguna tubería?
Bill se puso de pie y denegó con la cabeza. —Tenemos que llamar a Sandra. Creo que esta vez en serio. ¿Crees poder ir subiéndote al automóvil? ¿Harías eso por mí?
Tom asintió con inseguridad al mismo tiempo que su pan saltó listo de la tostadora.

—Te lo juro, Georg, que si es otra ‘falsa alarma’ —exageró Gustav el tono al decirle a su novio lo que pensaba de las imprevistas llamadas de Bill cuando menos se las esperaban—, mi quedaré sin paciencia. Es más, ya no tengo paciencia, así que más le vale que sea en serio o…
Apenas aquellas palabras salieron de su boca, las puertas del piso que estaba reservado exclusivamente para el uso de Tom mientras estuviera embarazado, se abrieron de golpe por una camilla guiada por Sandra, una enfermera joven y Bill, que apenas podía seguirles el paso con los ojos anegados en lágrimas e inseguro de por dónde pisaba.
—En un momento vendré por ti, hasta entonces espera —le indicó Sandra con sequedad, más en su papel de doctora que de amiga—. ¿Quieres estar presente en la cesárea?
Bill abrió amplios los ojos. —¿Tom va a estar consciente durante la operación?
—Más o menos —dijo Sandra—. La anestesia que le vamos a colocar lo tendrá en un estado semi despierto, pero no sentirá ni una pizca de dolor. Para él sería bueno que tú estuvieras a su lado, sosteniéndole la mano.
El menor de los gemelos se estremeció visiblemente, pero aceptó.
Apenas Sandra y la enfermera se llevaron a Tom, Gustav y Georg rodearon a Bill con los brazos, viendo que estaba pálido como la cera y apenas se sostenía en pie.
—¿Ahora es la buena, eh? —Codeó Georg a Bill, que parecía congelado.
Gustav amonestó al bajista con una mueca. —¿Qué pasó? —Quiso enterarse de todo.
—No fue nada grave, sólo que se reventó la fuente en la cocina —habló Bill sin ningún tono—. Al principio pensé que era alguna tubería, pero entonces… Tom estaba empapado y no sentía nada, ni dolor, ni una molestia, ni siquiera la humedad de sus pantalones…
—Es el medicamento, ¿lo sabes, verdad? Todo va a salir bien, Tom es lo suficientemente fuerte como para tener quince de tus hijos y poder con otros quince. Esto no será nada —consoló Gustav a su amigo.
—¿Listo? —Asomó Sandra la cabeza a la sala de espera, buscando a Bill con la mirada—. Vamos a iniciar en cualquier momento. Necesito que te laves y la enfermera te preparará.
Bill avanzó unos pasos antes de volverse a sus amigos. —¿Llamarían a mamá? ¿Y a David? Explíquenles todo y díganles que esta vez no es una falsa alarma —dijo antes de desaparecer tras las puertas del quirófano.
Georg y Gustav soltaron sendos suspiros.
—Esperemos nos crean —murmuró Gustav.
—La tercera es la vencida —respondió Georg.

—Hey, Tomi, cariño… ¿Me escuchas? —Apreció Tom. Tendido de espaldas, una cegadora luz en el techo lo tenía entrecerrando los ojos. Intentó alzar la mano pero su cuerpo parecía negarse a responder. Extrañamente, tenía la sensación de poder mover los dedos un poco, pero levantar el brazo parecía ser una titánica tarea—. ¿Tomi? Hey…
El mayor de los gemelos sintió la presión de una mano helada contra su mejilla. Al voltear el rostro, se encontró con Bill vestido de pies a cabeza con ropa quirúrgica, desde la mascarilla, el gorro, el traje y los guantes, todo de un pulcro tono azul.
—¿Vamos a la playa? —Por extraño que sonara aquello, Tom pensó por un segundo estar en el paraíso tropical de las Maldivas, recostado en la arena y con el sol de frente. El extraño atuendo de Bill sólo era un paso más allá de la simple negación de su gemelo broncearse, quien no contento con el bloqueador factor protección solar de 100, ahora se cubría de pies a cabeza.
—No, estamos en el quirófano. Bultito va a nacer en cualquier momento —dijo Bill tratando de sonar alegre, pero con la voz temblorosa en el proceso—. En unos minutos sabremos al fin qué es. Tenemos que pensar en nombres… Al fin sabremos qué ropa comprarle y… y…
—Tranquilo —arrastró Tom las palabras—. Yo debería estar nervioso… No tú, por favor, no tú…
—Sí, claro, tienes razón —se enjugó Bill los ojos—. ¿Sientes eso? —Quiso saber, al tomar la mano de su gemelo entre las suyas y presionarla.
—Poco —balbuceó Tom, concentrándose en sentir algo por debajo de la barriga. Casi nada. Se quiso reír de cómo sus pies se negaban a cooperar, pero lo dejó de hacer en el momento en que se percató de la presión que se presentaba ligeramente helada sobre su vientre bajo—. ¿Sandra, eres tú?
—¿La que te abre en dos y está trayendo a tu Bultito al mundo? —Sonó la voz de la doctora—. Sí, soy yo. Hola, lo estás haciendo muy bien así.
—No siento nada —mintió Tom. La idea de estar siendo rebanado en dos como si fuera un trozo de carne en la carnicería no era ni remotamente agradable, ni hablar de reconfortante, pero tampoco era tan horrorosa como había creído en un principio. En lugar de eso, era nada. Apenas una sensación que le llegaba desde lejos, como gritos en el desierto.
—Es justo lo que quería oír —dijo Sandra con diversión.
Los siguientes minutos pasaron casi en silencio. De vez en cuando Bill volvía a llorar o murmuraba palabras de apoyo a Tom, a pesar de ser él quien las necesitaba, pero por lo demás, la operación transcurrió con relativa calma.
Así fue hasta que el llanto fuerte y consistente de su bebé, su pequeño Bultito, inundó cada rincón de la sala de operaciones.
—Poderosos pulmones —declaró Sandra con un orgullo propio de una madre—. Felicidades, es un bebé muy sano y hermoso.
—¿Qué es? —Ladeó Tom la cabeza, muriendo de curiosidad por al fin saberlo—. Alguien dígame qué es Bultito… ¿Niño o niña?
—Oh, Tomi… Es una preciosura —exclamó Bill con la voz cargada de emoción, soltando la mano de su gemelo para recibir en brazos a la criatura envuelta en una manta del más puro color blanco.
Tom apenas vio a Bultito un segundo.
El bracito que se extendía por fuera de la manta era pálido, muy blanco como Bill y él; la mano con la que coronaba la punta pequeña y cerrada, un puño firme que agitaba en sus primeros momentos de vida acompañados de un llanto potente que pronosticaba su ya fuerte y rebelde carácter.
—Mira —se inclinó Bill sobre su gemelo para mostrarle el rostro más angelical que éste hubiera visto jamás.
A pesar de estar cubierto de moco y aún húmedo, Bultito llevaba consigo los sempiternos rasgos de un Kaulitz: La nariz pequeña y bien formada que se alzaba orgullosa; los labios bien definidos de un tono casi rojo; las pestañas espesas que cubrían un par de ojos azulados como los de todo recién nacido. Pasarían semanas antes de saber su color verdadero. Coronando lo que Tom llamaría ‘lo más bonito que alguna vez hubiera expulsado del cuerpo por un orificio no sacro’ para mortificación de su gemelo o cualquiera que lo quisiera escuchar, Bultito tenía la cabeza cubierta de un cabello rubio como él y como Bill lo tuvieron alguna vez en la niñez.
—Es… —Quiso Tom decir ‘precioso’, pero en las brumas del cansancio, no supo expresarse—. ¿Qué fue?
Bill movió los labios pero el sonido no alcanzó a Tom, que se dejó vencer por la bruma de la inconsciencia y cerró los ojos antes de poder escuchar algo.

No... por Marbius CAP.9

… Des pie a peleas por hormonas [Mes 8]




—Claro que sí… Por supuesto… Ajá… Lo que tú digas, mamá… ¿Cuándo no he escuchado lo que me dices al pie de la letra? Mmm, pero aparte de esa ocasión… Oh, tienes razón… —Escuchó Tom a Bill al darle por su lado a su madre—. Mmm, sí, tres… Ok —afirmaba Bill, caminando por toda la habitación del bebé con el teléfono en la mano.
Tom, que estaba sentado contra una de las paredes y ocupado con el manual de ensamblaje de la nueva cuna para Bultito, apenas si le prestaba atención. ¿Iba la pieza A dentro de la pieza H a pesar de que una tenía la punta cuadrada y el punto de unión mostraba claramente que era un círculo?
El mayor de los gemelos soltó un largo suspiro. —¿Qué dices tú, Bultito, mandamos al demonio tu cuna y comemos helado de vainilla con aderezo de mostaza? —Preguntó con ambas manos en el vientre bajo.
A modo de respuesta, el bebé dio una serie de rítmicas pataditas contra sus costillas; su propio código Morse entre él y Tom que claramente decía: A-L-I-M-E-N-T-A-M-E-O-M-U-E-R-E.
—Ough, ya entendí —se palmeó Tom la zona donde Bultito golpeaba—. Bill —llamó a su gemelo, que seguía hundido hasta el cuello en las recomendaciones que su progenitora soltaba con excesiva facilidad de abuela—, voy a la cocina…
El aludido hizo una seña con la mano que bien podía significar ‘adelante, diviértete’ como ‘vete, me importa un pepino’. Tom no podía juzgarlo, siendo que él también sufría con su madre, así que lo dio por perdido.
Con mucha precaución de movimientos se puso de pie, salió de la habitación y comenzó a bajar las escaleras con especial cuidado. Una vez en el octavo mes, la barriga era inconfundiblemente la de un embarazo normal al grado en que ya no veía por delante de él más allá de lo necesario. Sus pies largos meses atrás olvidados; el mayor de los gemelos ni siquiera recordaba lo que era verse las rodillas ahora que la barriga era tan grande que apenas se podía sujetar los dedos por debajo de ésta.
Incluso con todos los inconvenientes que representaba como no poder usar la ropa que le gustaba o depender en su totalidad de Bill para que hiciera por él las tareas más sencillas, desde cortarle las uñas de los pies hasta recoger del suelo cualquier cosa que se le hubiera caído, Tom no podía estar más feliz. Según Sandra, su embarazo iba normal y para el mayor de los gemelos, ‘normal’ era la mejor palabra que podía recibir en sus consultas ya no quincenales, sino semanales.
Con la posibilidad de un parto imprevisto en cualquier momento, escatimar en cuidados no era una opción. Tanto la sala de operaciones como un equipo completo a su disposición estaban reservados y listos para cuando su llamada se produjera, así que Tom trataba al menos de no entrar en pánico cada vez que sentía a Bultito moverse en su interior.
Una vez en la cocina y con el envase de galón repleto hasta el borde con helado de vainilla y bañado en salsa catsup, no mostaza como había pensado en un inicio, cuchara en mano, Tom no podía estar más que contento y satisfecho con su vida.
Él y Bill aprovechaban sus momentos libres para decorar el cuarto del bebé. Primero pintando los muros en verde menta por decisión unánime, ya que una vez que Sandra declaró imposible el poder saber el sexo del bebé, dado que Bultito ya estaba en posición de parto con la cabeza hacía abajo y el frente del cuerpo dando hacía el interior de Tom, lejos de cualquier aparato de ultrasonido, cualquier otro color estaba fuera de lugar. Eligiendo verde porque combinaba tanto con el rosa como con el azul dependiendo del sexo de Bultito una vez después del parto, habían pintado tres paredes de ese tono claro y una blanca.
Poquito a poquito, la habitación del bebé había cobrado forma. Primero con un par de muebles, luego acomodando la ropa recibida en el Baby-Shower dentro de los cajones. Un viaje rápido y privado a una tienda de juguetes había llenado los huecos en la habitación.
Por último, la cuna y una estación de cambiado de pañales iba a complementar el mobiliario. Bastante malo que ninguno de los dos pudiera interpretar el manual de instrucciones y ambos muebles se encontraran en apuros al ser ensamblados por un par de gemelos con la firme creencia de que todo tiene un lugar seguro si se le golpea lo suficientemente fuerte con un martillo.
—Presiento que vas a dormir con nosotros hasta que tengas dieciocho años o algo así si Bill no logra armar tu cuna —le habló Tom a su barriga con un leve tono de emoción. A modo de respuesta, Bultito le dio una patada tan certera en el centro, que el mayor de los gemelos podía jurar que su ombligo se había resentido—. Bien, bien, tú mandas. Traeré ayuda profesional —refunfuñó al sacar el teléfono móvil del bolsillo trasero del pantalón y marcar el único número aparte del de Bill que tenía para emergencias—. ¿Gustav?... Mmm, te necesitamos con urgencia…

—¡Pudiste haberme dicho “No, no estoy dando a luz en la cocina” por el amor a Dios! —Gritó Gustav una vez llegó a la casa de los gemelos y descubrió que en lugar de encontrar a Bill desmayado y a Tom en el suelo cubierto de su propia sangre, lo habían llamado para armar la cuna del bebé—. Llamar diciendo que es una emergencia y luego colgar no es para nada listo, Tom —regañó al mayor de los gemelos.
Éste se encogió de hombros con indiferencia. —A mí me parece una emergencia.
—¡Tú…! —Dio un paso adelante Gustav con un dedo alzado peligrosamente hacía el mayor de los gemelos que se encogió en actitud protectora sobre su vientre, antes de que Georg sujetara al baterista y lo hiciera retroceder un poco.
—Ya, basta los dos. No fue su jugada más lista —los amonestó a ambos; tanto Gustav como Tom bajando las miradas con bochorno—. Especialmente cuando el bebé puede nacer en cualquier momento. Tom, tú deberías de saber cuándo una llamada de emergencia no es una verdadera emergencia —fulminó al mayor de los gemelos que se sonrojó al instante—. Y tú, Gustav, deberías aprender a no entrar en pánico y volver a llamar. —Se cruzó de brazos—. Dios sabe que Tom te puede llamar a las tres de la mañana con tono angustiado porque quiere que le lleves una pizza de mermelada de durazno y pepinillos.
—Hey —alegó el mayor de los gemelos con falsa indignación—, eso fue una vez, una sola. No planean olvidarlo jamás, ¿verdad?
—Exacto —lo fulminó con los ojos Gustav.
—Lo que sea —rodó los ojos Tom—. Pero ya que están aquí… Bultito necesita una cuna y sus padrinos serían de lo más amables si ayudaran en algo —jugó con la carta de la culpa a la que nadie se podía resistir.
Muy a pesar de su enojo, uno que aún lo tenía echando humo por las orejas y las fosas nasales, Gustav tuvo que ceder, lo mismo que Georg. Ambos conscientes de que ayudar a los gemelos era incluso una obra altruista si se le veía de algún modo diferente al egoísta. En vista de que no podían llamar a ningún empleado porque explicar cómo un hombre embarazado le daba órdenes sin importar cuánto pagar por sus servicios y su silencio, no era una opción.
—Bien —cedió Gustav por él y por Georg—. Pero a cambio exijo no volver a recibir una llamada tuya o de Bill proclamando crisis mundial a menos de que en verdad lo sea.
—¿Y si tengo antojos de medianoche? —Tanteó Tom las posibilidades.
—No.
—¿Me duelen los pies y quiero un masaje?
—¡No!
—¿Estoy dando a luz a Bultito y Bill está llorando en el baño por la crisis?
—¡NO! Digo, ¡sí! ¡Argh! —Golpeó Gustav el suelo con el pie—. Bien, tú ganas, llama cuantas veces quieras y cuando sea, pero al menos trata de no… Ya sabes… No cuando Georg y yo… —Se diluyó su voz con cada sílaba que pronunciaba.
—Lo que Gusti quiere decir —le puso Georg el brazo encima de los hombros a su compañero de banda—, es que no llames mientras él y yo disfrutamos de nuestras vacaciones.
—Pueden pausar la película —dijo Tom sin entender la indirecta.
—Más bien, no llames cuando Georg me tenga los ojos vendados, las muñecas esposadas a la cabecera de la cama y con un vibrador en su sitio, ¿ok? Cualquier momento menos ése, por favor —tendió Gustav la mano y un muy desconcertado Tom se la estrechó—. Perfecto. Ahora vamos a armar esa cuna y luego regresar a casa.

De regresar a casa, nada.
Una vez armada la cuna y el centro de cambio de pañales, era lo suficientemente tarde como para que emprender el camino de vuelta a su propio departamento no fuera una opción. En vista de que estaban todos los miembros de la banda reunidos y que tenían meses completos sin pasar una noche juntos, fue decisión unánime, incluso de un reticentes Gustav que quería regresar a sus previas actividades antes de la llamada de Tom, el disfrutar de un par de películas acompañadas de pizza, maíz inflado y una buena dotación de refrescos de cola.
—¿Cuál vamos a ver? —Preguntó Tom con emoción, dispuesto a pasar bien el rato. Dejándose caer sobre el sofá de doble plaza, apoyó la cabeza sobre los muslos de Bill y se dejó consentir con suaves caricias en el cabello, el cuello y la espalda.
—¿Terror, romance, thriller? —Revisó Georg en el estante donde los gemelos guardaban sus películas—. Elijan algo… Oh, está parece genial.
—¿Cuál? —Quiso saber Gustav con un puñado de palomitas en la boca—. Espero no sea un porno…
—Hey, no tenemos eso aquí abajo —aclaró Bill—. Tomi se encarga de guardar esas películas en el armario.
—¡Bill! —Enrojecieron las orejas de su gemelo—. Eso es algo que ni Georg ni Gustav quieren o necesitan saber jamás.
—Secundo —se estremeció el baterista con falso pudor, obteniendo un trozo de salami en la cabeza.
—Tranquilos —metió Georg la película en el DVD—. Elegí algo que les va a encantar a todos…
Y ciertamente no fue mentira. La película, un drama de poco presupuesto en el rodaje que a pesar de todo tenía buena historia, trataba de una pobre madre de tres niños, uno de los cuales estaba enfermo de gravedad y como su lucha por conseguir un tratamiento para la criatura llevaba a la madre a situaciones extremas.
Nada que en sus cinco sentidos Tom hubiera querido ver. La diferencia radicaba en que loco por las hormonas y el embarazo, pasó la hora y media que duró el filme, llorando sobre la camiseta de Bill y luego sobre un rollo de papel higiénico completo que Georg le trajo del sanitario.
—Tomi, no llores —abrazó Bill a su gemelo al final de la película, una vez que el final demostró ser cruel, al mostrar como la madre sostenía a su hijo durante los últimos momentos de vida que le quedaban a éste—. Shhh, no pasa nada…
—Pero… Arthur… murió… —Gimoteó Tom con el rostro escondido en el cuello de Bill—. Ugh…
Bill le pasó la mano por la espalda a su gemelo. —Pero es ficción… La historia ni siquiera es real, Tom. Arthur nunca murió, es un actor.
El mayor de los gemelos soltó un largo suspiro. —Tienes razón —y como si tal, dejó de llorar para asombro de todos—. Quiero comer, ¿quién va a KFC y trae una orden número tres?

Muy para desgracia, no sólo de Bill, sino también de Gustav y Georg, los cambios de humor de Tom se dispararon a niveles indecibles. Un momento lloraba, al siguiente se reía a carcajadas. Cuando no tenía insomnio, dormía por doce horas seguidas y se negaba a despertar. Si pedía a medianoche una barra de jamón, lo hacía hasta el punto en que cualquiera de los tres salía al supermercado más cercano vestido en pijamas, sólo para regresar y encontrar que el mayor de los gemelos no toleraba la idea de comer nada que fuera carne o se le pareciera.
—Me tiene loco —admitió Bill dos semanas después de que aquel extraño comportamiento empezara a tener lugar, con la cabeza apoyada en su mano sobre la mesa, unas ojeras que ni el maquillaje podía ocultar, rodeando sus ojos.
—Ya somos dos —gruñó Georg, su cabello convertido en un nido de pájaros debido al número de veces que se lo había jalado con desesperación en la última hora.
—¿Y yo no cuento o qué? —Entró Gustav a la cocina donde estaban reunidos todos, llevando consigo un plato con pasta que Tom se había negado a comer, alegando primero un antojo y después una repentina pesadez en el estómago como para comerla.
Dado que apenas eran las seis de la mañana, las ganas de ahorcar a Tom con sus propias manos crecían e iba en aumento con cada segundo.
—¡Bill! —Llegó un grito desde el piso de arriba y el menor de los gemelos se estremeció al escuchar su nombre—. Mi almohada no está esponjada como me gusta… —Dejó pasar unos segundos—. Veeen… —Se dejó escuchar el gimoteo.
Rompiendo en crisis nerviosa, Bill dejó caer la cabeza contra la mesa. —No, me niego —murmuró con cansancio—. No me importa si baja rodando las escaleras y llora otra media hora porque cree que no lo quiero si me resisto a seguir sus ilógicas órdenes. Me rindo.
—No tienes permitido decirlo —gruñó Georg—. Si lo embarazas, lo pagas —le recordó.
—Sólo un mes más… Un mes más —se repitió Bill como un mantra al subir las escaleras con cansancio y parsimonia, deseando como nunca el que todo terminara y Tom volviera a ser su calmado y nada histérico gemelo de antes.
Tan concentrado estaba en eso, que cuando los ojos se le cerraron de sueño y resbaló por un costado de las escaleras, apenas si lo sintió.

—¡¿Y me llamaron por esto?! —Escuchó Bill un grito a través de la bruma de su inconsciencia. Luchando por mantener la mente despejada de la oscuridad que lo envolvía, con dificultad abrió los ojos para encontrarse rodeado cual si fuera su lecho de muerte, a sus compañeros de banda pálidos como la cera, a Sandra frunciendo el ceño y a Tom llorando como nunca antes.
—Los blorpios están en la azotea —murmuró agotado, no muy convencido de que sus palabras fueran algo inteligente para decir, ni hablar de que fueran remotamente coherentes.
—Bill, escucha —lo sujetó por los hombros la doctora Dörfler—. Te caíste de las escaleras. No es nada grave, tampoco será necesario llevarte al hospital pero…
—¡¿Tom perdió el bebé?! —Se intentó incorporar el menor de los gemelos de golpe. Ayudando a Sandra, todos los presentes en la sala lucharon por mantenerlo acostado.
—No, idiota —resopló Georg por el esfuerzo. Bill parecía ser un enclenque en zapatillas, algo que el viento se podría llevar apenas en una ligera brisa, pero lo cierto era que las apariencias engañaban y el menor de los gemelos era mucho más fuerte de lo que se podía apreciar a primera vista—. Él estaba acostado cuando pasó. Tú fuiste el que salió herido, no él.
—¿Entonces qué pasó? —Abrió grandes los ojos Bill, casi como desquiciado.
—Tus blorpios están bien, si es lo que te mortifica—, se burló Gustav—, pero te torciste el tobillo.
—¿El tobillo? —Repitió el menor de los gemelos como si aquellas palabras tuvieran un significado diferente a la imagen mental—. ¿Cómo?
Tom rodó los ojos. Poniéndose al frente de su gemelo, le acarició la mejilla. —Bill, tu tobillo. ¿Sientes dolor en alguna otra parte del cuerpo? —Bill se presionó un costado de la cabeza—. ¿Además de ahí? Piensa más lejos —indicó el mayor de los gemelos.
Bill apreció entonces un agudo dolor al final de la pierna. —¿Me torcí el tobillo, de verdad?
—Yep —intervino Sandra—. Al menos lo que resta del mes no podrás caminar apoyándolo.
Todos en la habitación abrieron mucho los ojos.
—¿Y si pasa algo? —Preguntó Georg—. Porque Gustav y yo no nos podemos quedar… Planeamos unas vacaciones nosotros dos solos. Empiezan el viernes y ni los boletos del avión o las reservaciones del hotel son reembolsables —se mordió el labio inferior—. ¿Está segura que no puede untarle alguna pomada mágica que ustedes los doctores vendan por receta y a precio de robo, y lograr que Bill esté bien de nuevo?
Sandra le dedicó una mirada de “¿Y tú de cuál fumaste?” bastante despectiva. —Me temo que eso no existe. Un tobillo torcido, es un tobillo torcido. Requiere de reposo y nada de movimiento.
Georg y Gustav intercambiaron una mirada que lo decía todo: Adiós vacaciones. Ni en mil años la culpa los dejaría abordar su vuelo si con ello dejaban atrás a Bill en cama y a Tom a punto de dar a luz. Conociendo al par de gemelos que tenían, por su bien y por el de ellos, darse unos días de escapada romántica no entraba en las opciones disponibles.
Convencidos de su sacrificio, fue como Tom los interrumpió.
—Yo cuidaré de Bill entonces. —Viendo que todos en la habitación lo contemplaban con diversos rostros de incredulidad, bufó—. Vamos, no es como si fuera a salir corriendo. Siempre puedo pedir comida y me sé los números de emergencia, mamá y papás —rodó los ojos.
Sandra comenzó a guardar las vendas con las que había cubierto el pie del menor de los gemelos. —Soy tu médica, no tu madre. Si creen que es lo correcto y todos están de acuerdo, me retiro. Nos vemos en tu próxima cita dentro de cinco días —dijo antes de salir de la habitación.
—¿Y bien? —Inquirió Tom viendo que el silencio que caía sobre ellos era uno bastante incómodo—. ¿A dónde van a ir de vacaciones?
—Nosotros nos quedamos —dictaminó Gustav, fingiendo leer con concentración la receta de analgésicos que Sandra había escrito para Bill—. Creemos que es lo mejor. ¿No es así, Georg? —Codeó al bajista. Éste carraspeó tratando de romper el compromiso moral que tenía con los gemelos e intercambiarlo por unos días en la playa al lado de Gustav… Los dos solos, tendidos en la arena, sin sus bañadores… Gustav le pediría que le untara crema de coco en la espalda y…—. ¡Georg!
El bajista se sonrojó, convencido de que la boca abierta y estilando saliva era lo que lo había delatado. —Oh, Gus, ¿estás seguro que no podemos dejarlos a solas? Digo, ya son mayorcitos. Conocen el número de la policía, los bomberos, el hospital más cerca y hasta de la licorería de la esquina si lo llegan a necesitar. Nosotros podemos seguir con nuestros planes, piénsalo —le suplicó el baterista, que se había cruzado de brazos y parecía recio a ceder—. Gusti-Pooh, anda, hazlo por Georgie-Pooh que te quieeereee…
—Nada de Pooh para convencerme, Georg, eso es jugar bajo —lo amonestó Gustav con un tinte rojizo en el cuello al verse llamado por su mote cariñoso—. Además, estoy seguro de que ni a Bill o a Tom les gustaría estar solos e indefensos.
—Los pultoreti van a aterrizar en el fregadero —tarareó Bill con alegría, ya bajo los efectos de la droga que Sandra le había administrado para el dolor de su tobillo. Según ella, una vez que la magia de la medicina dejara de funcionar, Bill estaría con el dolor suficiente como para tenerlo incapacitado por una semana, dos a lo máximo.
—Ignoren a los pultoreti, sean lo que sean —cortó Tom con acidez a su gemelo—. Me niego a ser el responsable de haber arruinado sus vacaciones del amor o como quieran llamarlas —agregó al ver que Gustav parecía dispuesto a corregirlo—. El punto es que, Georg tiene razón —le concedió a un muy ufano bajista—, Bill y yo ya estamos mayores. Sé cuidar de ambos, lo hice antes, ¿o no?
—Genial, entonces separaremos tu vida en ‘antes de la barriga’ y ‘después de la barriga’; a.d.B. y d.d.B. para abreviar —se burló Gustav con poco humor en su tono—. ¿Pero es que estás loco? Apenas si puedes estar de pie. Y no quiero hablar de esos condenados cambios de humor —fulminó al mayor de los gemelos, que se removió inquieto en su lado de la cama—, porque si tuviera un poco de compasión por Bill, lo llevaría con nosotros a la playa.
Tom desvió la vista.
Él no era idiota. Estaba muy consciente de que durante su octavo mes de embarazo había estado siendo un poco difícil, no sólo para sí mismo, sino también para los demás. Tampoco era como si lo pudiera evitar estando a merced de hormonas que no pertenecían a su cuerpo y que por regla general lo iban a afectar en cantidades superiores a las de cualquier mujer en su posición, pero si tenía que confesarlo, tampoco se las había puesto fácil ni a su gemelo ni a sus amigos. Pedir comida china no era ni sería jamás algo que se pudiera exigir a voz de grito en la madrugada, sin importar que estuviera embarazado o no.
—Prometo cuidarlo bien. Es mi gemelo y el padre de mi bebé, así que… Juro solemnemente no darle arsénico en la sopa, si es lo que piensan —intentó bromear con Georg y con Gustav para convencerlos; los dos poco seguros de que dejarlos a solas aunque sólo fuera por unos días fuera una de las mejores ideas que se les pudiera ocurrir jamás. Había tantas cosas que podían salir mal… No querían regresar bronceados y con arena en la ropa para descubrir a Bill catatónico de inanición por descuido y a Tom muerto por no haber podido llegar al hospital a tiempo. El cuadro era aterrador.
—Tom, no es que dudemos de tu independencia, pero… —Comenzó Georg.
—Pero es que dudamos y punto —finalizó Gustav con pesar—. ¿Es que no te suena ni un poco descabellada la idea de quedarte a solas con Bill estando tan cerca la fecha del parto?
—Tengo ocho meses todavía —frunció el ceño el mayor de los gemelos—, además de varias semanas por delante. Siempre cargo mi teléfono conmigo —se sacó el aparato del bolsillo para mostrárselos— y tengo a Sandra como uno de mis contactos de marcado rápido. Si algo llega a pasar, lo que sea, tomaré todo con calma. Si el dolor es mucho, trataré de no moverme.
—Pero… —Gustav intentó pensar en alguna otra excusa.
—No hay más ‘peros’ —declaró Tom—. Cuidaré de Bill mientras ustedes disfrutan unos días en la playa tal y como lo planearon desde un principio.
Gustav pareció quedarse con la mente en blanco. —Está loco —susurró para sólo ser escuchado por Georg. Tom había regresado al lado de Bill y le apartaba unos mechones de cabello del rostro bobalicón que tenía con droga en su sistema.
—Loco o no, tiene razón, Gus —concedió el bajista mérito al mayor de los gemelos—. Todo está planeado para imprevistos en el hospital, Sandra vino lo más rápido posible y no lo puedes negar… Incluso en el peor de los casos, algo que no quiero que suceda, tienen todo preparado. Ni notarían que no estamos.
Gustav asintió. Ciertamente la doctora Dörfler había sido rápida. Apenas habían oído el golpe de Bill cayendo por las escaleras, Tom había llamado a su teléfono privado. En menos de diez minutos, ella ya estaba al lado del menor de los gemelos atendiéndolo. Con toda seguridad, el cuidado médico que recibían era más que eficiente, y sin embargo…
—¿Y si pasa algo? —Cerró Gustav los ojos—. No me lo perdonaría.
—Como dijo Tom, aún está de ocho meses. Apenas sale de casa, comida no les falta, y con Bill en reposo total, creo que los dos estarán en cama por al menos lo que resta del mes, Gus —expuso Georg los hechos—. Por favor, no canceles nuestras vacaciones.
El baterista tomó aire. —Acepto, pero… —Tamizó la emoción de Georg—, si algo llega a pasarle a Bill o a Tom, lo que sea.
—¿Me cortarás los testículos y harás que me los coma? —Trató de adivinar el bajista al abrazar a su novio—. No me importa. Valdría la pena.
Contemplando a los gemelos por encima de los hombros de Georg, Gustav rezó porque así fuera.

Muy en contra de todo pronóstico, una rutina se instauró con rapidez en la vida diaria de los gemelos.
En las mañanas despertaban después de que el sol hubiese salido. Tom entonces proponía dos opciones: Pedir el desayuno o hacerlo, a lo que siempre preferían la segunda opción, que casi siempre era algo ligero y fresco. En las tardes sí pedían comida rápida y la disfrutaban ya fuera viendo televisión, alguna película o tendidos de lado en la cama.
Al anochecer, preferían casi siempre tomar algún baño juntos. Disfrutando la tina que tenían en casa y no en su anterior departamento, Bill se encargaba de llenarla hasta el borde de agua tibia y esencias aromáticas que en cuestión de minutos tenían a Tom aliviando la tensión en todo el cuerpo. Ya fuera recostado entre las piernas de Bill con la espalda en su pecho o con los pies sobre el regazo de su gemelo y recibiendo un masaje, Tom no podía decir que hubiera tenido una mejor semana en su vida.
Incluso aunque Gustav llamaba entre dos a cinco veces diarias, siempre preguntando tonterías o para saber si habían cerrado la puerta con llave o apagado la estufa, nada podía arruinarles la tranquilidad.
—Tomi, ven acá —dijo Bill desde su posición en el centro de la cama, vestido con un par de bóxers y el control remote en una mano—. Hoy hay maratón de Desperate Housewives —agitó las cejas con emoción.
Al mayor de los gemelos no se lo tuvieron que repetir. De gatas y con cuidado de esquivar el pie herido de Bill, se acostó a su lado.
—Ough, no puedo respirar —jadeó al cambiar de postura. Desde el quinto mes que no podía acostarse sobre su espalda sin sentir que el mundo se le venía encima.
—Oh, Tomi… —Le besó Bill la frente—. Agradece que eligiéramos cesárea y no parto natural.
—Me lo repito cada mañana, no te preocupes —masculló el mayor de los gemelos, presionándose el vientre justo en la zona en donde Bultito adoraba patear. Al no obtener respuesta como solía, en su lugar unos golpecitos tímidos, llegó a la conclusión de que el bebé dormía.
—¿Maravillado de la vida que crece en tu interior o con hambre? —Se burló Bill al observar por largos segundos como su gemelo se contemplaba el vientre.
—Las dos… —Admitió Tom con vergüenza. No hacía ni una hora que habían acabado con dos pizzas familiares y un pay de queso con limón, cuando ya de vuelta tenía un poco de hambre. Según Sandra, algo normal si se tomaba en cuenta que era durante el último trimestre cuando el bebé adquiría más de la mitad de su peso y volumen. Tom estaba consciente de ello, pero no por eso se sentía menos culpable cuando cada mañana se pesaba y descubría que lenta pero consistentemente, su peso aumentaba.
—Para cuando el embarazo termine, vas a seguir pareciendo ballena —dijo Bill con ligereza.
—Hey, no estoy tan obeso —refunfuñó Tom, muy a su pesar admitiéndolo. Tendido de costado y jadeando por respirar con normalidad, se imaginaba como uno de esos grandes mamíferos, tendido en la arena y luchando por sobrevivir en un medio hostil—. Y una vez termine todo, planeo regresar al gimnasio.
—Más vale que vayas al gimnasio luego de bañar, cambiar el pala, vestir, dar de comer y dormir a Bultito —dijo Bill medio broma y a la vez bastante en serio, cambiando el televisor hasta encontrar el canal donde se iba a transmitir el maratón.
—Iré los días en que te toque a ti hacerlo —le guiñó un ojo Tom a su gemelo—. Yo lo cuidaré en días libres, fines de semana y celebraciones.
—¡No es justo! —Lo pellizcó sin malicia Bill—. Los miércoles me gusta ver el nuevo capítulo de Prison Break y tú sabes cuánto me gusta verlo.
—Bastante mal que lo den tan temprano y posiblemente Bultito aún esté despierto para esas horas —sonrió Tom con sorna, obteniendo a cambio un ataque de cosquillas—. Hey, que yo ya lo cuidé por nueve meses. Es justo que te toquen los siguientes nueve a ti.
Rodando sobre el colchón, siempre cuidadosos de que su juego no tomara otro cariz estando los dos delicados, acabaron jadeando, con la ropa de cama revuelta y las respiraciones agitadas.
—Ya no estamos tan en forma, eh —chanceó Tom con la nariz en el cuello de Bill. Depositó un suave beso justo sobre la yugular de su gemelo y sintió como éste se estremecía de gusto—. Nop, nada de resistencia.
—Calla —presionó el menor de los gemelos la cadera contra el costado de Tom y con gustó lo escuchó gemir—. Justo lo que decías, ¿uhm?
—Bah —se relajó Tom en los brazos de su gemelo. En cualquier otro momento sus acciones habrían desencadenado una sesión de sexo caliente, lujurioso y repleto de vapor, pero estando a pocas semanas del parto y con Bill llevando una sandía donde antes solía estar su tobillo, preferían disfrutar del tiempo de calidad y nada más.
Con una pierna encima de las de Tom, Bill jugaba con su cabello usando una mano y con la otra daba leves masajes sobre la tensa piel de su vientre. Bultito parecía seguir dormido en placidez, apenas moviéndose de tanto en tanto. Nada de que preocuparse, pues como Sandra les había dicho, era normal. Una vez acomodado en el canal de parto, los bebés apenas tenían espacio en el cual maniobrarse y por ello su actividad disminuía. Como ella misma había dicho, un hecho sin importancia a menos que el cese de actividad fuera total, en cuyo caso debían de llamarle sin esperas de ningún tipo.
—Estoy pensando —murmuró Bill con un poco de sueño—, aún no sabemos qué será bultito y Sandra dijo que no hay nada qué hacer al respeto hasta que sea el día del parto, pero… ¿Tienes ideas de nombres?
Tom se mordisqueó el labio inferior. —No, digo sí. Quizá. Unas pocas en realidad —admitió al fin—, ¿y tú?
—Igual —confesó su gemelo, recorriendo con los dedos la curva en el vientre de Tom—. ¿Qué crees que sea?
—Un bebé —se rió Tom, recibiendo a cambio un pellizco en el brazo—. Ouch, sin violencia.
—Entonces dime qué crees que sea —arrugó Bill la nariz—. Mamá no deja de decir que será niño, pero Gordon y papá dicen niña…
—¿Y tú qué dices? —Miró Tom a su gemelo a los ojos—. ¿Algún sexo que quieras en especial?
—¿El tuyo? —Intentó Bill adivinar, recibiendo a cambio un mordisco en el hombro—. Bien, ya entendí… Tal vez creo que tendremos… No sé, ¿niño? ¿Niña? Hay 50% de probabilidad de que sea cualquiera de los dos. Es como lanzar una moneda al aire, Tomi, nunca sabes de qué lado va a caer.
—Tienes razón —convino Tom al cabo de unos segundos.
La verdad es que Tom, al igual que Bill, no tenía preferencias. Le daba exactamente igual el sexo del bebé mientras naciera sano y fuerte. E incluso si no fuera el caso, si existiera la posibilidad de complicaciones, tampoco planeaba molestarse al respecto. Sin embargo, era el hecho de no saber qué pasaría en el futuro, lo que lo tenía angustiado.
—Hey, Tomi, olvida lo que sea que pienses y deja de arrugar el ceño, ¿sí? —Se inclinó Bill sobre su gemelo para borrar la fea línea de expresión de su frente—. No importa qué resulte siendo Bultito, será nuestro.
—Será el bebé más consentido del mundo —bostezó Tom con un poco de cansancio—. Tendrá tus ojos, pero mi nariz.
—Difícil sería que no tuviera ambos, Tomi —se contuvo Bill de burlarse—, porque somos gemelos, duh.
—Ah, pero para esto… Será tan sexy como tú pero tan atractivo como yo —guiñó Tom un ojo—. Tendrá tu sentido de la moda y mi inteligencia.
—¿Cómo que tú inteligencia? —Pateó Bill a Tom por debajo de las mantas—. Será mi inteligencia y tu manía de acomodar la ropa por colores.
—Lo dice el que tiene un exhibidor de zapatos en el clóset.
Bill bufó. —Trata de quitarse la culpa el hace lo mismo en los muros con sus gorras.
Tom abrió grandes los ojos. —Recrimina el que dejó de usar el pañal al último.
—¡Sólo por dos semanas después que tú! —Se le dilataron las fosas nasales al menor de los gemelos—. Y viniendo de quien seguía yendo a la cama con un biberón a los tres años…
—Uhmf —se semi incorporó el mayor de los gemelos—, mira quién habla, el que seguía durmiendo con el Señor Oso hasta que tuvo diez años.
Los dientes de Bill rechinaron. —¡No te atrevas a meter a Señor Oso a la conversación! Menos cuando dormías con la luz dormida luego de ver películas de terror.
—Ajá —rodó Tom los ojos—, hablando de quien llora con dramas y películas para chicas.
—No es mi culpa ser el que tenga más sensibilidad artística de los dos —tiró Bill las mantas— y que tú seas una patata con tus emociones.
—Llorar porque se acabó el papel higiénico del baño no es ‘sensibilidad artística’ —remarcó Tom, usando comillas en el aire—, es mariconería.
La boca de Bill se abrió de golpe ante aquel golpe bajo, algo con lo que nadie debía jugar y el mismo Tom era consciente de ello.
—Bill, lo siento —se disculpó al instante éste, avergonzado de cómo una pequeña palabra había desencadenado todo aquel intercambio de insultos—. No fue mi intención… Ni siquiera estaba pensando lo que decía.
—Yo tampoco, Tomi —se levantó Bill de la cama, esquivando su mirada—, pero eso… Fue demasiado ofensivo hasta para nuestras peleas.
—¡No estamos peleando! —Gruñó Tom—. Es una estupidez.
—Lo que dijiste fue una estupidez, Tom —salió Bill cojeando de la habitación, azotando la puerta en el proceso.

La mañana siguiente, fue una pesadilla para ambos gemelos. Lo mismo fueron los días subsiguientes cuando permanecieron sin intercambiar palabras que no fueran de cortesía entre dos extraños. Bill evitaba hablarle a Tom lo mismo que éste no podía levantar la mirada cada vez que se topaba con su gemelo en cualquier lugar de la casa.
En un acuerdo tácito, seguían durmiendo juntos, pero cada quien de costado dándole la espalda al otro y sin un ‘buenas noches’ de por medio que pesaba sobre sus cabezas como una niebla oscura que les restaba paz y descanso a sus días.
No fue sino hasta la cuarta mañana que Tom decidió romper con aquella tensión.
Tomando una hoja de papel y crayolas de una caja de juguetes que habían comprado para Bultito, Tom se dedicó las siguientes horas a componer unas palabras y un dibujo que expresaran lo mucho que le dolía estar en aquella situación. Firmó con ‘Tu Tomi que te quiere y se disculpa de corazón’ y contempló la pequeña tarjeta con un poco de autocrítica. El dibujo distaba de ser algo bonito, ni siquiera en los extraños parámetros de lo surreal o lo abstracto. Ni hablar del resto de las palabras. Así como Tom era bueno con la música y Bill con expresarlo en palabras, lo suyo no era precisamente decir ‘lo siento’. Componer una canción estaba fuera de los límites dado que Tom ya no podía sostenerla sobre su regazo así que eso sería.
Más tarde en la noche, Tom fue el primero en retirarse a su habitación. Depositando la nota sobre la almohada de Bill, se acostó en su lugar de siempre y esperó por lo que parecieron horas.
Dormido a causa del estrés y los nervios, Tom nunca apreció los pasos cansados de Bill arrastrándose por el suelo alfombrado, así como tampoco el suspiro entrecortado luego de que encontró la nota y la leyó.
De lo que si fue consciente, fue cuando Bill lo sacudió por el hombro para abrazársele y sin palabras de por medio, le besó los labios en un único gesto de disculpa y perdón.
De vuelta, todo estaba bien como debía ser entre ellos dos.

 
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